QUINTO DOMINGO

(Tiempo ordinario - Ciclo A)

 

 

 

Is 58,7-10

1 Cor 2,1-5

Mt 5,13-16

 

             La comunidad cristiana tiene la misión de ser punto de referencia concreto para todos los que buscan y esperan las “obras buenas” “para dar gloria al Padre que está en los cielos”. Un testimonio límpido y entusiasta, coherente y radical de la paz y la justicia, es el mejor kerigma que el cristiano puede proclamar al mundo. De esta irradiación de luz los hombres serán conducidos a la fuente de la luz, que es Dios mismo.

 

            La primera lectura (Is 58,7-10) está tomada del libro del llamado Tercer Isaías, un profeta anónimo del siglo VI-V a.C., cuyos escritos han sido incluidos en el rollo del antiguo profeta Isaías de Jerusalén del siglo VIII. El texto forma parte de una requisitoria más amplia que Dios entabla contra su pueblo en todo el capítulo en torno al tema del ayuno y del sábado. Nos encontramos en la época inmediatamente posterior al exilio. La situación del país es deplorable: las ciudades están destruidas, las instituciones sociales y religiosas han desaparecido, los deportados que han vuelto a la tierra encuentran sus antiguas propiedades ocupadas por nuevos colonos, hay luchas internas en la población, se oprime a los más pobres, y lo que es más serio, ante tal situación se duda de la eficacia del culto y de otras prácticas religiosas.

            El pueblo se queja concretamente que Dios no ve el “ayuno” que hacen, pues lo consideran eficaz para agradar a Dios, para que se fije, para que responda; al fallar esos resultados, acusan a Dios (Is 58,3). La respuesta de Dios va en otra línea. El que ha fallado no es Dios, sino el ayuno del pueblo, pues no es auténtico. Dios define entonces el ayuno verdadero, el que él prefiere, que consiste en obras de misericordia en favor de los más pobres (Is 58,4-7).

Si el pueblo se enmienda y cambia su conducta, Dios le promete una transformación casi inmediata: “Entonces brotará tu luz como la aurora y tu herida ser curará rápidamente” (v. 8). Dios promete escuchar las súplicas y manifestar su cercanía: “Entonces clamarás y el Señor te responderá, pedirás socorro y te dirá: Aquí estoy” (v. 9).

La condición para que Israel se convierta en un pueblo luminoso (“Entonces brotará tu luz como la aurora”) es el compromiso cotidiano en favor de la justicia y el actuar misericordiosamente con los más débiles de la sociedad: partir el pan con el hambriento, recibir en la casa a los pobres sin techo, no cerrarse ante las necesidades más urgentes del prójimo, luchar contra todo tipo de esclavitud y renunciar a actuar y hablar mal contra los otros. Este es el verdadero ayuno, el verdadero culto: la misericordia y la justicia.

El verdadero culto transforma al hombre. Lo vuelve luminoso: “Resplandecerá en las tinieblas tu luz y lo oscuro de ti será como mediodía” (v. 10). En la caridad el hombre resplandece, porque revela la gloria de Dios.

 

El evangelio (Mt 5,3-16) nos recuerda la exhortación de Jesús a sus discípulos para que sean “sal de la tierra” y “luz del mundo”. Los hombres y mujeres que acogen el evangelio del Reino y viven según el espíritu de las bienaventuranzas son un fermento de nueva humanidad. Deben conservar genuina su fe y hacer brillar continuamente su vida en el mundo, sin caer en la cobardía o la indiferencia.

La “sal” hace que los alimentos adquieran sabor (Job 6,6) y era utilizada también para conservarlos en buen estado. En algunos textos bíblicos, la sal había llegado a significar el valor permanente de un contrato. Se hablaba, por ejemplo, de “alianza de sal” o “sellada con sal” (Num 18,19). Existía un dicho de Jesús que hacía referencia a la sal, tal como lo demuestra Lc 14,34 y Mc 9,50. Mateo interpreta esa palabra del Señor para afirmar que el creyente debe conservar y hacer que aparezca sazonada y apetitosa la realidad de cada día delante de los hombres, a través de la fidelidad a la alianza con Dios y la vivencia radical de las bienaventuranzas.

La sal, así como evitaba la descomposición de los alimentos, también se aplicaba a las heridas para cauterizarlas o desinfectarlas. Los creyentes deben ser esa fuerza inalterada de transformación y de purificación que colaboran para que la humanidad vuelva a su verdad más genuina, según el proyecto de Dios.

La “luz” hace que la realidad pueda ser percibida y que los hombres puedan orientarse y caminar sin tropezar. La luz es la primera obra de la creación, la criatura primogénita de Dios (Gn 1,3). Es imagen de la vida y de la salvación que viene de Dios (Sal 36,10), es como el vestido de Dios, expresión de su dignidad y de su poder salvador (Sal 104,1-2). La luz revela el misterio de Dios en forma particular: “Dios es luz, y no hay en él oscuridad alguna” (1Jn 1,5). Y Jesús dirá en el evangelio de Juan: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8,12). Para Mateo cada creyente y cada comunidad de fe es luz para el mundo, signo y sacramento de la luz y la vida de Dios.

La sal, que comunica, da sabor y conserva los alimentos, se puede sin embargo desvirtuar: “Vosotros sois la sal de la tierra: si la sal pierde el gusto, ¿con qué la sazonarán? Sólo sirve para tirarla y para que la pise la gente” (Mt 5,13). La luz alumbra a todos, pero se puede esconder: “No se enciende un candil para taparlo con una vasija de barro; sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa” (Mt 5,15). Así ha de ser la comunidad cristiana: “Brille así vuestra luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

La Buena Nueva del Reino no puede quedar escondida por temor a ser perseguidos (Mt 5,11-12) o por flojedad de los discípulos, sino que debe hacerse presente en la vida de las personas y en las estructuras de la sociedad a través del testimonio de vida de los creyentes: “Brille así vuestra luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

La comunidad cristiana está llamada a hacer “buenas obras”, es decir, a vivir en forma activa y responsable el espíritu de las bienaventuranzas, no por vanidad o por solapado fariseísmo, sino para “dar gloria al Padre que está en los cielos”, es decir, para mostrar el poder y la bondad de Dios que actúan en la vida de las personas que se abandonan a él con confianza.