DOMINGO XXIX

(Tiempo Ordinario – Ciclo B)

 

 

 

Isaías 53, 2a.3a.10-11

Hebreos 4,14-16

Marcos 10,35-45

 

            No es difícil encontrar el hilo conductor de las lecturas bíblicas de este domingo. Todo el leccionario está centrado en la figura de Cristo, Siervo sufriente del Señor (primera lectura), Sacerdote que sabe compadecerse de nuestras debilidades (segunda lectura), siervo de todos hasta el punto de “dar su vida en rescate por todos” (evangelio). Todo el misterio de la salvación cristiana es fruto del amor solidario y misericordioso de Jesús, que “entrega su vida como expiación” (Is 53,10), como “sacerdote que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado” (Heb 4,15) y que “no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida” (Mc 10,45). También el discípulo está llamado, a imitación del Maestro, a beber el cáliz, es decir, a emprender un camino de generosidad y de amor, renunciando a cualquier tipo de dominio y de explotación de los demás.

 

            La primera lectura (Is 53,2a.3a.10-11) es el último de los cánticos del Siervo del Señor en el libro de Isaías. El texto es complejo en su estructura, en su lenguaje y en la identificación histórica del personaje. Al inicio Dios mismo habla de su "siervo" como de alguien que ha llegado a tal punto de desfiguración física, a causa del dolor, que "no tenía apariencia humana" (Is 52,14). Inesperadamente anuncia en seguida que este mismo siervo será glorificado y reconocido por naciones y reyes que se llenarán de asombro ante un hecho inusitado (Is 52,15). Sólo en la parte central del cántico (Is 53,1-10) se relatan sus sufrimientos: ha sido despreciado y rechazado por los hombres (vv. 2-3); lo han sometido a un juicio inicuo que él acepta sin violencia como cordero llevado al matadero, como cordero que no abre la boca ante el esquilador (v. 7). Lo novedoso del texto es que afirma que la causa de la humillación y condenación del siervo no son sus propios delitos, sino los de aquellos que lo están juzgando (v. 4.5.9). Y más paradójico aún es el hecho de que su muerte le traiga la rehabilitación no sólo él, que ha sido injustamente "arrancado de la tierra de los vivos" (v. 8), sino también a los que lo han condenado (vv. 10-12). No sólo forma parte de los planes divinos (v. 10), sino que él mismo voluntariamente se ha sometido silenciosamente (v. 7), ha ofrecido su vida como expiación (v. 10-11), y ha cargado con la culpa de muchos y ha intercedido por los pecadores (v. 12).

El siervo encarna el valor redentor del sufrimiento. Es muy probable, en sintonía con la interpretación hebrea tradicional, que las tribulaciones del Siervo hagan referencia a las pruebas vividas por aquella parte más pobre e inocente de Israel que sufrió la prepotencia de los grandes del mundo durante el exilio y que con su fidelidad colaboró misteriosamente a los planes de Dios en el mundo. Es una interpretación que tiene gran validez, pues nos recuerda el valor que pueden tener los sufrimientos del pueblo pobre para la redención de todos y nos ayuda a ampliar el horizonte de la pasión de Cristo a toda la Iglesia, su cuerpo total. Ciertamente este texto influyó fuertemente en la redacción de los relatos de la pasión del Señor en el Nuevo Testamento. Para los evangelistas el oráculo de Isaías sólo se ve esclarecido con el acontecimiento de la pasión y muerte de Jesús por la redención de todos. Tanto la interpretación individual como la colectiva apuntan al mismo misterio del valor redentor del sufrimiento del justo y del amor sacrificado dentro de los planes de Dios. El texto es, sin duda, un momento culminante de la revelación del Antiguo Testamento: la vida, la muerte y la vuelta a la vida del Siervo han llegado a ser el medio para el perdón de los pecados de todos. Abandonado en las manos de Dios y renunciando a devolver el mal a quienes lo ultrajaban, el Siervo obtiene lo que no habían podido obtener todos los sacrificios rituales de Israel. Todo cuanto el profeta ha dicho del Siervo lo confesamos plenamente sólo de Cristo, nuestro Salvador, Siervo sufriente que con su vida, muerte y resurrección nos ha librado de nuestros pecados.

 

La segunda lectura (Hb 4,14-16) nos presenta a Jesús como verdadero Sumo Sacerdote bajo una doble perspectiva. Por una parte, es el Hijo de Dios, sacerdote por excelencia, "grande", que ha penetrado definitivamente en el mundo de Dios, "los cielos", de donde deriva la invitación a perseverar en la profesión de fe (Heb 4,14). Por otra, se insiste en la plena condición humana de este sumo sacerdote, que "ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado", de donde deriva la exhortación a acercarnos con gran confianza a Dios para obtener misericordia y fuerza en el momento de la prueba (Heb 4,15).

 

El evangelio (Marcos 10,35-45) constituye el último diálogo entre Jesús y sus discípulos durante el camino a Jerusalén y la última catequesis del Maestro antes de la entrada en la ciudad santa. El texto presenta un claro contraste entre un mesianismo de reivindicación de poder, deseado por Santiago y Juan, y otro basado en la inmolación y la donación, propuesto por Jesús. La contraposición es simbolizada por el “trono” (sentarse con Jesús en la gloria) y el “cáliz” (morir con Jesús). La ironía del relato también es significativa. Mientras el Maestro ha hablado continuamente del don total de la vida y de la entrega generosa de sí mismo por la causa de Dios (Mc 8,31-32; 9,30-31; 10,32-34), los dos discípulos desean dominar y comienzan a planear anticipadamente el camino que les puede llevar al poder. Pero no son sólo ellos dos. También el resto del grupo solapadamente desea lo mismo, pues al enterarse de que aquellos pedían sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús en su gloria, “los otros diez se indignaron contra Santiago y Juan” (v. 41). Cuando el deseo de poder, de dominio y de superioridad, echa raíces en el corazón de los discípulos, el grupo de Jesús se divide y se desvirtúa. Él los ha elegido para que “estuvieran con él” (Mc 3,14) y lo siguieran, cargando con su cruz (Mc 8,34), en un camino de entrega y de renuncia en favor de los demás. Sin embargo ellos siguen esclavos de los esquemas mundanos de poder, que llevan a enfrentarse a los hombres, creando señores y siervos, opresores y oprimidos, dominadores y dominados.

La respuesta de Jesús es doble. Primero se dirige a Santiago y Juan, echándoles en cara su incomprensión y su ignorancia del misterio del discipulado cristiano: “No saben lo que piden” (v. 38). No se trata de un simple problema de ética, que estaría revelando la maldad de sus corazones. Es más bien un problema de ceguedad. “No saben”, no han entendido nada del evangelio. Ser discípulo es ofrecer la propia vida y estar dispuesto a entregarla, como Jesús. Es renunciar a todo privilegio personal y a todo tipo de poder, haciendo que la vida entregada por amor se vuelva servicio y vida para los demás. Este es el “cáliz” del discipulado. Por eso Jesús los interroga diciendo: “¿Pueden beber el cáliz de amargura que yo voy a beber, o pasar por la terrible prueba que yo voy a pasar?”. Probablemente las palabras de Jesús han sido reelaboradas por la comunidad después de la pascua, pero en lo esencial es claro: ser discípulo es compartir “el cáliz”, es decir, la misma vocación del Hijo del hombre, que entrega su vida en obediencia al Padre en un gesto de amor supremo en favor de todos los hombres y que realiza su misión en el don total de sí mismo. El conceder “el trono”, es decir, la herencia futura del reino de Dios, pertenece sólo al Padre (v. 40). Jesús mismo, ofreciendo su propia vida, se abandona con infinita confianza en el Padre; de igual forma, entrega la suerte de los suyos a las manos amorosas del Padre. Así aparece clara la vocación del discípulo: beber el cáliz (morir en el presente con Cristo) y sentarse en el trono (recibir gratuitamente en el futuro el reino de parte de Dios).

Al final Jesús se dirige a todo el grupo (vv. 41-45) y les da la última catequesis durante el camino a Jerusalén, unas palabras que resumen toda la espiritualidad del discipulado cristiano. Mientras en las estructuras del mundo, se impone la ley del más fuerte, y entre los “grandes” (arjóntes) y los “dirigentes” (megalói) de esta tierra, mandar significa dominar y aprovecharse de la vida de los hombres, “no debe ser así entre ustedes” (v. 43). Los discípulos de Jesús (la Iglesia toda) ofrece un modelo alternativo de relaciones humanas. El poder se vuelve servicio, el deseo de dominio se transforma en gratuidad y gesto de amor desinteresado por los otros: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (v. 44).  La vida de los discípulos, es decir, las relaciones comunitarias, las estructuras eclesiales, los ministerios al interior de la Iglesia, no tienen otro fundamento sino el mismo camino de Jesús. Cualquier responsabilidad o cargo eclesial, al nivel que sea, no puede ser sino servicio, humildad, gozo por el crecimiento del otro y por el bien del prójimo. La eclesiología se fundamenta en la cristología. La Iglesia nace del camino humilde del Hijo del hombre, que lo llevó a la entrega total de sí mismo. En efecto, “tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (v. 45).

 

 


 

  MEDITACIONES BÍBLICAS 

(en portugúes)

preparadas por P. Silvio José Báez, o.c.d.

 Dios Padre en  la Biblia

 

O ROSTO DO PAI – MISTÉRIO DE DEUS CONTEMPLADO SOBRE A METÁFORA DA PATERNIDADE DIVINA

ABRAÃO NÃO NOS RECONHECE MAIS E ISRAEL NÃO SE  LEMBRA DE NÓS. JAVÉ, TU ÉS O NOSSO PAI!