DOMINGO XXXI

(Tiempo ordinario – Ciclo B)

 

 

 

Deuteronomio 6,2-6

Hebreos 7,23-28

Marcos 12,28b-34

 

            La voluntad de Dios encuentra su máxima y definitiva expresión en el doble mandamiento evangélico del amor a Dios y al prójimo, el cual da sentido y unidad a toda la existencia cristiana y es al mismo tiempo el mejor antídoto contra la casuística farisea de la ley y el espiritualismo etéreo que descuida el compromiso concreto en la vida. Hoy Jesús nos ofrece la clave fundamental para cumplir la voluntad de Dios, que “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 12,33): el amor íntegro a Dios como único Señor y el amor activo y desinteresado hacia el prójimo.

 

            La primera lectura (Dt 6,2-6) recuerda que los mandamientos de la antigua alianza no eran normas opresoras y caprichosas impuestas por Yahvéh, sino expresión de su voluntad concreta de vida y de felicidad para Israel. El pueblo era llamado a vivir en una relación de amor y de fidelidad con el Dios que le había liberado de la tierra de la esclavitud, y en la medida en que cumplía los mandamientos de la ley conservaba su existencia y su libertad (vv. 2-3). El conocido texto del “Shemá” (vv. 4-6), que el piadoso israelita recita diariamente, resume toda la ley. El mandamiento “Escucha, Israel” expresa la condición del pueblo y el sentido de su vocación, que es obedecer totalmente a la palabra de Dios. Así como Yahvéh es “Uno”, es decir, no está dividido en multitud de formas como los dioses cananeos, el pueblo está llamado a amarlo con amor único, indivisible y total. Del hecho de que el Señor sea uno y único deriva el imperativo de amarlo con la totalidad de la persona: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (v. 5). Del amor a Dios se pasa casi espontáneamente al cumplimiento de los preceptos: “Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo” (v. 6). Pero no se abandona la esfera de la interioridad. El vínculo entre los dos aspectos (amor a Dios y cumplimiento de los mandamientos) se afianza en “el corazón”. El amor al Señor con todo el corazón se manifiesta en el conservar sus palabras en el propio corazón. De nada serviría conocer y escuchar “las palabras que hoy te digo”, si no descienden primero al corazón, para ser meditadas con amorosa inteligencia y conservadas en la memoria, de forma que lleguen a convertirse en el principio que mueve y guía todos los pensamientos y acciones.

 

            La segunda lectura (Hb 7,23-28) presenta a Cristo como la síntesis y la perfección de los diversos aspectos del sacerdocio. A la contingencia y temporalidad de los sacerdotes de la antigua alianza, se opone la eternidad del sacerdocio de Cristo (v. 25); a su debilidad humana se contrapone su total santidad (v. 26); a su insuficiencia se opone su unicidad y totalidad (v. 27). Precisamente por eso la eficacia salvadora de Cristo es absoluta, mientras que el sacerdocio del Antiguo Testamento participaba de la impotencia, debilidad e incapacidad salvífica de la ley.

 

            El evangelio (Mc 12,28-34) pertenece al conjunto de relatos polémicos con el que se concluye el ministerio de Jesús en el evangelio de Marcos. Jesús ha llegado finalmente a Jerusalén y se enfrenta con los representantes del judaísmo oficial en una serie de controversias religiosas sobre temas fundamentales de la fe. En el texto que se lee hoy un “maestro de la Ley” le pregunta: “Maestro, ¿cuál es el primer mandamiento de todos?” (Mc 12, 28). La pregunta refleja una de las preocupaciones más grandes del judaísmo de la época de Jesús, que buscaba afanosamente establecer un “principio unificador” de las distintas formulaciones de la voluntad de Dios.

Los grandes maestros judíos intentaban encontrar y proponer una pauta que diera unidad a toda la revelación divina en su aspecto normativo. Y esto desde hacía ya muchos siglos. Basta recordar el intento del profeta Miqueas en el s. VIII a. C., el cual quiere sintetizar en una frase toda la voluntad de Dios para el hombre: “Se te hace saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios” (Miq 6,8). El maestro Hillel, 20 d.C., había propuesto este principio unificador: “No hagas al prójimo lo que a ti te resulta odioso, esto es toda la ley. El resto es sólo explicación”. Igualmente, un siglo después, el famoso maestro judío Akiba, comentando Lv 19,18 (“ama a tu prójimo como a ti mismo”), afirma: “este es un gran precepto y un principio general de la ley”. No es exacto afirmar que para la tradición judía los 613 preceptos (miswôt), de los cuales 365 eran negativos y 248 positivos, eran colocados todos al mismo nivel. Además de la distinción jurídica y formal entre preceptos graves y secundarios, pequeños y grandes, generales y específicos, siempre existió en Israel la preocupación por encontrar un principio que diera unidad a la voluntad de Dios manifestada en tantas normas y establecer un cierto orden y jerarquía.

La novedad del evangelio no consiste, por tanto, en el hecho que establezca como principio unificador el valor supremo del amor. Esto se repite a menudo en la tradición bíblica y fue enseñado sin cesar por los maestros judíos. Cuando Jesús afirma que el primer mandamiento es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12,30), hace referencia al núcleo esencial del credo religioso del israelita piadoso que recita dos veces al día el Shemá: “Escucha Israel, Yahvéh es nuestro Dios, Yahvéh es uno. Amarás a Yahvéh, tu Dios, con todo tu corazón...” (Dt 6,5) (primera lectura). Jesús retoma el fundamento de la fe de Israel y lo propone a sus discípulos como el primero y el más importante de los mandamientos: el amor íntegro y total a Dios como único Señor. La originalidad de la propuesta de Jesús se encuentra sobre todo en la segunda parte de su respuesta, donde define el segundo mandamiento con una fórmula bíblica, tomada del “código de santidad” del libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Jesús se refiere al mandamiento del amor al prójimo colocándolo al mismo nivel que el primero, en cuanto pertenece a la misma categoría de principio unificador y fundamental: “No hay mandamiento más importante que éstos” (Mc 12,31).

La perspectiva de totalidad y de radicalidad que asume el amor de Dios y del prójimo, como principio unificador de vida, queda confirmada por la respuesta del escriba, el cual afirma que esta doble vertiente del amor “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (v. 33). El amor propuesto por Jesús no es una simplificación de los mandamientos de la ley, sino la clave de toda la ley. Él no quiere presentar una normativa compuesta de dos preceptos primarios en relación con los otros, sino más bien ofrecer la perspectiva de fondo con la cual vivir toda la ley. Sólo el amor a Dios y al prójimo da sentido y valor a las acciones humanas; sólo en el amor la religiosidad es una experiencia razonable y humanizante. El interés de Jesús no es simplemente construir una escala de valores, sino llevar al hombre a la raíz y a la esencia de toda experiencia religiosa y ética: el amor íntegro a Dios como único Señor y el amor activo, misericordioso y desinteresado hacia los demás.