DOMINGO XXVII

(Tiempo Ordinario – Ciclo B)

 

 

 

 

 

Gen 2, 18-24

Hebreos 2, 9-11

Marcos 10, 2-16

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo nos ofrecen lo que podríamos llamar lo fundamental de “la visión cristiana del matrimonio”. La primera lectura, tomada del segundo relato de la creación (Gen 2), y el evangelio están profundamente relacionadas. En ambas se hace referencia al proyecto originario de Dios que ha creado al ser humano para la relación y para la comunión, pues “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2,18). Expresión sublime de esta vocación es la relación amorosa entre el hombre y la mujer, santificada por el matrimonio y elevada al esplendor de una comunión plena y eterna. Se hace urgente volver a escuchar la palabra de Dios que está a la raíz de este misterio de amor, pues como se afirmaba ya en el Concilio Vaticano II, “no en todas partes brilla con el mismo esplendor la dignidad de esta institución, pues aparece nublada por la poligamia, por la lacra del divorcio, por el llamado amor libre y otras deformaciones análogas. Además el amor conyugal se ve profanado constantemente por el egoísmo, el hedonismo y las prácticas ilícitas contra la generación. Y por otro lado las actuales condiciones económicas, sociales, psicológicas y civiles acarrean no leves perturbaciones a la familia” (Gaudium et Spes 47).

 

            La primera lectura (Gen 2, 18-24), que está tomada del segundo relato de la creación (Gen 2,4b-25), junto con el capítulo 3 del Génesis, ofrece una reflexión sapiencial sobre el origen, el sentido y la vocación del hombre de todos los tiempos. No se trata obviamente de una narración histórica, sino de una visión de fe sobre el misterio del ser humano, considerado a la luz de una triple relación fundamental, con Dios, con el mundo y con los demás. Los versículos que se proclaman hoy en la liturgia se refieren al tercer aspecto: la relación del hombre con sus semejantes. Después que Dios ha creado al adam, al ser humano, el texto bíblico afirma: “No es bueno que el adam esté solo”. El término adam, que es un sustantivo hebreo colectivo, no se refiere al hombre, al varón, sino a la humanidad como existencia que ha brotado de las manos de Dios. El adam es indiferenciado sexualmente. El texto bíblico afirma que esta humanidad encuentra su sentido pleno solamente en el misterio de la alteridad, del descubrimiento y la aceptación del otro. Por tanto, lo que erróneamente se ha llamado “la creación de la mujer” es, en realidad, “la creación del hombre y de la mujer”, es la creación del “otro”. Evidentemente tampoco se trata de un momento posterior a la creación de la humanidad, sino de un relato al servicio de una verdad antropológica de valor fundamental. Se juzga como negativa “la soledad”, pues es una realidad cercana a la muerte. Con razón el salmista se queja en su dolor: “¡Alejaste de mí, amigos y conocidos, mi compañía son las tinieblas!” (Sal 88,19). Pensemos a la soledad del leproso, obligado a vivir fuera de la comunidad, de la viuda, del huérfano, todos símbolos bíblicos de la soledad cercana a la muerte, pues se vive en la aflicción y el abandono. Por eso Dios decide proporcionarle al hombre “una ayuda adecuada” (literalmente en hebreo: un ´ezer kenegdo, un “auxilio semejante a él”). El término ´ezer designa muchas veces en la Biblia una ayuda necesaria para poder sobrevivir. Es decir, Dios piensa en algo que garantice la vida de la humanidad. Y así crea la alteridad. Intenta crear una realidad con la cual el ser humano pueda entablar una relación basada en la semejanza, en la reciprocidad y en el diálogo. Por eso el primer intento (la creación de los animales) resulta insuficiente. El hombre pone nombre a los animales, es decir, toma posesión, domina sobre la creación y penetra los secretos de la naturaleza. Pero esto no basta. El ser humano sigue incompleto.

Después, “el Señor Dios hizo caer al adam en un profundo sueño (tardemáh)” (v. 21), en una especie de muerte, de fractura en el tiempo, que indica un salto de cualidad en el obrar de Dios, que el adam no puede contemplar. Dios va a pasar. También Abraham cayó en un profundo sueño (tardemáh) cuando el Señor pasó delante de él (Gen 15,12). Está por nacer una dimensión absolutamente nueva. Dios toma una costilla del adam, de la humanidad viviente, para hacer de esta humanidad un ser humano diferenciado. El vacío dejado por la costilla indica la necesidad del otro, la vocación del ser humano a la trascendencia y a la alteridad. Con la costilla Dios crea a la mujer (en hebreo: la issháh), indicando así que ésta posee la misma grandeza y dignidad del hombre (en hebreo: ish). Y así surge aquella primera diferenciación que está a la base de toda relación en la sociedad: el hombre y la mujer. Dios presentó la issháh al hombre (v. 22), y éste la reconoció gozosamente: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; por eso se llamará issháh, (mujer) porque ha sido sacada del ish (hombre)” (v. 23). Estas son las primeras palabras del ser humano en la Biblia. En el original hebreo incluso se presentan con el estilo y el ritmo de una poesía de amor. Es la toma de conciencia de la propia verdad, a la cual se llega solamente a través del reconocimiento del otro como diverso y semejante al mismo tiempo. El texto concluye haciendo referencia a la atracción sexual y a la convivencia conyugal como realidades buenas y constitutivas del proyecto original de Dios sobre la humanidad: el hombre y la mujer serán “una sola carne” (v. 24), es decir, llamados a establecer entre ellos una relación que jamás se deberá romper y que abarca todos los aspectos de la persona.

 

La segunda lectura (Hebreos 2, 9-11) es una especie de midrásh del Salmo 8 que desarrolla una singular teología de la encarnación. Cristo Jesús alcanza la plenitud de la encarnación en la pasión y la muerte en la cruz. Asumiendo el dolor y la muerte de los hombres los incorpora a su propia gloria y honor.

 

El evangelio (Mc 10, 2-16) pertenece a la serie de enseñanzas que Jesús da a sus discípulos mientras va de camino a Jerusalén. A la luz de la primera lectura centramos nuestro comentario en los vv. 2-12. Como en otros textos de esta sección del evangelio de Marcos, podemos distinguir dos partes: un diálogo con los fariseos fuera de casa (vv. 2-9) y una enseñanza a sus discípulos al regresar a casa (vv. 10-12).

Fuera de casa (vv. 2-9).- Todo comienza cuando unos fariseos, que quieren poner a prueba a Jesús, le preguntan si es lícito al marido separarse de su mujer. Estos piadosos judíos interpretan el tema a la luz de Deut 24,1-3, un texto de la Ley que contempla la posibilidad de alejarse de la mujer a condición de darle un acta de repudio. Jesús, en cambio, se remonta al proyecto originario de Dios en los relatos de la creación, relativizando la normativa de Moisés, establecida “por la incapacidad de ustedes para entender los planes de Dios” (v. 5). Para Jesús es más decisivo el texto de Génesis, en donde se afirma la igualdad del hombre y la mujer, y se habla del matrimonio como vínculo gozoso, fiel e indisoluble entre dos seres humanos (primera lectura). Jesús no acepta una ley en donde el hombre domina a la mujer y una normativa machista que permite el divorcio otorgando al hombre todos los derechos. Jesús proclama, por una parte, la mutua responsabilidad del hombre y la mujer en el amor recíproco (“Dios los creó hombre y mujer”) y la dimensión de fidelidad inquebrantable que comporta el matrimonio (“lo que Dios unió que no lo separe el hombre”).

En la casa (vv. 10-12).- En un segundo momento Jesús instruye a los discípulos sobre la misma temática. Quien habla es el Mesías fiel, dispuesto a entregar su vida por todos. Instruye a los suyos a la luz de su camino de donación amorosa e incondicional. Él, el Maestro, no rechaza a nadie, no excluye a nadie, es fiel hasta el final en un amor generoso, gratuito, salvador. Explica a los suyos el gran misterio de la igualdad entre el esposo y la esposa, unidos en un vínculo matrimonial definitivo e indisoluble. Sólo a la luz de la cruz se puede entender la posición de Jesús sobre el matrimonio. Sólo él, que fue rechazado y sometido a la muerte, sin rechazar a nadie y perdonando sin límites, puede proclamar una radical negativa del divorcio. Sólo a la luz de Jesús y con la gracia de Jesús los hombres saben y experimentan que es posible el amor fiel. Jesús, que dijo sí a Dios y a los hombres, hace posible el sí entre los suyos. En la comunidad de Jesús, los hombres y las mujeres unidos por el sacramento del matrimonio proclaman con su vida que es posible amarse. Amarse en el nombre de Jesús. Amarse más allá de las diferencias y de los conflictos de la pareja, amarse a través del perdón recíproco y del diálogo generoso. Este es el gran evangelio del matrimonio cristiano. Una verdad y un misterio que Jesús ha revelado solamente a sus discípulos, a los que creen en él y viven unidos a él.