DOMINGO XIV

(Tiempo Ordinario – Ciclo C)

 

"La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad al Dueño de la mies que mande obreros a su mies" (Lc 10,2)

 

Isaías 66,10-14

Gálatas  6,14-18

Lucas 10,1-12.17-20

 

            El leccionario de hoy nos invita a meditar sobre el sentido de la misión cristiana. Todo discípulo de Cristo, por el hecho de haber recibido y experimentado en su propia vida la llegada del Reino, debe ser un misionero de amor, de paz y de vida para el mundo. El misionero debe ser, a la luz del evangelio, un hombre de oración, un testigo de la gratuidad de la salvación, un pobre que sabe dar sin límite a los demás todo lo que es y todo lo que tiene, un hombre fuerte preparado para soportar el rechazo de los hombres y capaz de alegrarse no a causa de sus éxitos sino por el simple hecho de ser testigo y anunciador del Reino de Dios.

 

            La primera lectura (Is 66,10.14) está tomada del último capítulo del libro de Isaías, obra del llamado “Tercer Isaías”, profeta anónimo que desarrolló su ministerio en los primeros años posteriores al exilio en el siglo VI a.C. Todo el texto aparece envuelto en una atmósfera de gozo y casi de ternura a causa de la acción salvadora de Dios en favor de su pueblo que está apenas saliendo de la experiencia amarga y oscura del exilio babilónico. La ciudad santa, Jerusalén, es representada como una madre cariñosa que participa del gozo de sus hijos que vuelven de lejos y entran a través de sus murallas: “Alegraos con Jerusalén y regocijaos por ella todos los que la amáis... pues os saciaréis con la leche de sus pechos consoladores” (vv. 10-11). En realidad, detrás de esta imagen materna está Dios. Él es la verdadera causa de gozo y de consolación del pueblo. Él ha traído la paz a la ciudad santa, él la reconstruye y pone el fundamento de una nueva experiencia social y religiosa hecha de justicia y de fraternidad (v. 12). Por eso el profeta no duda en presentar al mismo Dios como una madre llena de ternura que acoge entre sus brazos al pueblo: “Como un hijo al que su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados” (v. 13). La acción salvadora de Dios es fuente de alegría y de vida para un pueblo herido y desconsolado que debe reconstruirlo todo después de la noche y de la cruz del exilio: “Al verlo se alegrarán, sus huesos florecerán como un prado” (v. 14).

 

            La segunda lectura (Gál 6,14-18) es el último párrafo de la carta a los Gálatas. Pablo confiesa que el centro de su experiencia espiritual y de su actividad misionera es solamente la cruz de Cristo: “Jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (v. 14). Los Gálatas estaban tentados de construirse una religiosidad hecha de prácticas y ritos sin consecuencias reales en la vida, una experiencia religiosa fundada en la ideología legalista de los grupos judíos de la época. Pablo sostiene con fuerza que sólo la experiencia de la cruz, como donación de amor sin límites a Dios y a los demás, es fuente nueva vida: “Lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo, sino el ser una nueva criatura” (v. 15). Lo que cuenta no son las prácticas religiosas sino la novedad de una vida fundada en el amor efectivo hacia los demás, a imagen de Jesús. Y para lograrlo no hay otro camino que la Cruz.

    Sólo la experiencia de la Cruz nos arranca de la seducción del mundo y del peligro de volver a caer en la esclavitud interior del pecado, de la carne y de la ley. Quienes viven marcados por la Cruz forman el verdadero “Israel de Dios” (v. 16). La Cruz marca la vida y la misión del cristiano a través de gestos de sacrificio y de amor. Lo que la vida misma tiene de abnegación, se transforma en ascética cristiana en la medida que se motiva con amor y nos relaciona conscientemente con la llamada de Jesús a seguirlo cargando cada día con nuestra cruz. La ascesis primordial, sin embargo, brota en primer lugar de las exigencias –tanto de actitud como de sacrificio físico– que impone el compromiso cristiano. Por eso Pablo muestra como credenciales de su experiencia de la Cruz los “estigmas” del trabajo misionero: lleva en su propio cuerpo de apóstol itinerante “las marcas de Jesús”.

            El evangelio (Lc 10,1-12.17-20) es una especie de resumen catequético de Jesús sobre el sentido y el espíritu de la misión cristiana. Se pueden distinguir en el texto evangélico tres partes: (a) El significado de la misión de los 72 discípulos; (b) Las exigencias fundamentales de la misión; y (c) El gozo auténtico que brota de la misión.

            (a) El significado de la misión de los 72 discípulos.- Solamente en el evangelio de Lucas se habla de una misión de un grupo más grande, además de la misión encomendada a los Doce (Lc 9,1-6). El objetivo de Lucas de aumentar el número de los enviados por Jesús a 72 es alargar la misión del grupo de los 12, un grupo histórico e irrepetible constituido por Jesús, presentándola como un aspecto constante y fundamental de la vida de toda la comunidad eclesial. Los “72” discípulos (en algunos códices griegos antiguos se habla sólo de 70) evocarían a los ancianos de Israel, que colaboraron con Moisés en la misión de guiar al pueblo en el desierto (Num 11,24-30), los cuales serían imagen de la Iglesia; o bien al número de las naciones paganas según la “tabla de las naciones” en Gn 10 (72 naciones en el texto griego, 70 en el texto hebreo). El número 72, que es el más probable a nivel de crítica textual, evocaría por tanto el fundamento (los ancianos) y los destinatarios de la misión (todos los pueblos de la tierra).

            (b) Las exigencias fundamentales de la misión.-

–  En primer lugar la oración, que es como la raíz y el ambiente en que el misionero realiza su trabajo. La fecundidad de la obra evangelizadora nace del contacto vivo y personal con Dios, quien es “el dueño de la mies”. La misión es gracia que nace de la oración pues a través de ella Dios genera y envía nuevos obreros al servicio del Reino. A través de la oración los discípulos toman conciencia de que la iniciativa de la misión es prerrogativa absoluta de Dios, que llama y envía, pero también toman conciencia de la propia responsabilidad. Es a través de la oración precisamente en donde los discípulos se vuelven disponibles a la realización del proyecto de Dios en la obra de la evangelización.

–  En segundo lugar, el anuncio urgente, sereno y valiente del Reino de Dios. El evangelizador realiza su misión urgido por el Reino de Dios. En el antiguo medio oriente saludar a alguien por el camino era algo que ordinariamente tomaba mucho tiempo. Por eso Jesús manda a los discípulos en misión que “no se detengan a saludar a nadie por el camino” (v. 4), es decir, que no pierdan tiempo, que toda su preocupación sea la proclamación del evangelio, delante de la cual todo lo demás se vuelve secundario. Los evangelizadores deben ser también serenos y pacíficos, aun cuando se encuentren en situaciones hostiles de incomprensión, persecución o rechazo. Deberán ser siempre como “ovejas en medio de lobos” (v. 3). El apóstol no puede sucumbir a la tentación de utilizar la violencia o la imposición forzada del mensaje. Cuando éste es rechazado, el misionero “sacude el polvo de sus sandalias” (v. 11), realizando un gesto público a través del cual se separa de aquellos que no han acogido el Reino, considerándolos como paganos y entregándolos al juicio de Dios, aunque repitiendo siempre con confianza que “el Reino de Dios está cerca” (11).

–  En tercer lugar, la pobreza. Es importante también el estilo con el cual el discípulo anuncia el Reino. Quien ha sido enviado por Jesús realiza la misión bajo el signo de la gratuidad y la esencialidad, ya que testimonia una salvación que es don generoso de Dios. El evangelizador no es un asalariado preocupado por el dinero, sino un creyente que testimonia la providencia amorosa de Dios y por eso no vive absorto en las preocupaciones materiales (v. 4); recibe lo que le ofrecen (v. 8) y dona lo que es y lo que tiene, es decir, la paz del Reino (v. 5), poniendo de manifiesto en todo momento su amor activo y solidario por los que sufren a imagen de Jesús (v. 9).

(c) El gozo auténtico que brota de la misión.

El último párrafo del texto evangélico (vv. 17-20) narra el regreso de la misión y es una especie de reflejo de la esperanza de la comunidad cristiana que ve cómo se extiende y fructifica el Reino y la Palabra de Cristo. El mal “cae” (v. 18) delante de la fuerza arrolladora e irresistible del evangelio. Los discípulos se llenan de gozo pues el mal se somete ante “el nombre de Jesús” (v. 17). El gozo de la experiencia de la fe y de la misión, sin embargo, no se basa principalmente en el éxito de la predicación o en la fuerza de la misión, sino en el hecho de que el Reino está cerca y que los discípulos lo experimentan al ser enviados por Jesús. Contra una visión triunfalista y entusiasta de la experiencia cristiana fundada en el éxito humano o el poder eclesiástico, Jesús invita a los discípulos a un gozo que no depende del triunfo de la actividad misionera sino del saber que han sido elegidos amorosa y gratuitamente por Dios: “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (v. 20). El verdadero evangelizador no se goza de sus logros, sino que pone toda su alegría en aquello que él es gracias al amor de Dios. Su gozo es haber sido elegido para anunciar la Palabra del Reino.