DOMINGO XVIII

(Tiempo Ordinario - Ciclo C) 

5 Agosto 2001

 

(Domingo XVII - 29 julio 2001)

 

Eclesiastés 1,2; 2,21-23

Colosenses 3,1-5.9-11

Lucas 12,13-21

 

            La idolatría materialista o capitalista de los bienes económicos es una tentación que aflora también entre los discípulos de Cristo y en la comunidad cristiana. Desde perspectivas diferentes, las lecturas bíblicas de hoy nos invitan a establecer una auténtica escala de valores, donde la relación con las realidades materiales y las estructuras económicas de este mundo sean colocadas en su verdadero lugar, ahí donde no atenten contra la libertad del propio corazón ni se conviertan en instancias opresoras del hombre.

 

            La primera lectura (Eclesiastés 1,2; 2,21-23) está tomada del libro del Eclesiastés o Qohélet. Más que un nombre propio, Qohélet designa una función: es “el Presidente de la Asamblea”. Detrás de este pseudónimo se esconde una de las personalidades más fascinantes e incómodas de toda la sabiduría bíblica. Qohélet es un hombre de gran agudeza crítica que afronta con gran originalidad y libertad la oscura problemática que une Dios, mundo y hombre, en una trama de relaciones que no están exentas de misterio y que son profundamente paradójicas y, a veces, hasta escandalosas. La sabiduría tradicional, tal como lo atestigua el libro de los Proverbios, había concebido el mundo fundamentado en un orden establecido por Dios, en donde quien se ajustaba a él con una vida recta lograba el éxito y la felicitad, que se reducían a la vida presente como única riqueza. Qohélet, en cambio, parte de un interrogante fundamental: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (Ecl 1,3; cf. 2,22). A partir de ahí va trabando sus reflexiones sobre los diversos valores y pretensiones del hombre, subrayando la cara negativa y los límites de estas realidades tradicionalmente valoradas como positivas. Su diagnóstico sobre la realidad, en clara oposición con la sabiduría tradicional, no puede ser más desalentador: el hombre no logra ninguna felicidad o provecho con los bienes de este mundo y sus esfuerzos por conseguirlos, pues todo es vanidad, absurdo y vacío.

            Para Qohélet, en efecto, el mundo es “vanidad de vanidades” (Ecl 1,2). El vocablo hebreo que traducimos por vanidad es hébel, una palabra con la que se abre y se cierra el libro del Eclesiastés (Ecl 1,2; 12,28) y que designa la transitoriedad de un soplo, del vapor que se disipa, algo sin consistencia. El término hébel, que en otros textos designa la vaciedad y el absurdo de los ídolos, sirve para calificar a este mundo como inconsistente, en donde las cosas, los hechos y los hombres se desvanecen, se esfuman, y pasan. Este calificativo se aplica, por tanto, a las realidades a las que el hombre se apega y por las cuales se preocupa desmesuradamente. Las riquezas logradas en años, “con sabiduría, ciencia y acierto” (Ecl 2,21), amasadas con fatiga y con muchas noches sin dormir (Ecl 2,23), caerán en manos de un heredero que ni las ha trabajado y que, a lo mejor, es un insensato que no las sabrá aprovechar. El diagnóstico de Qohélet frente a este desenlace es radical: “También esto es vanidad” (Ecl 2,21). Al final todo pasa: las riquezas amontonadas y las fatigas de años no sirven para nada. “¿Qué le queda al hombre de todos los trabajos y esfuerzos que realizó bajo el sol?” (Ecl 2,22).

 

            La segunda lectura (Colosenses 3,1-5.9.11) nos ofrece una rica reflexión del misterio pascual de Cristo realizado en el creyente. Sabemos que en la Iglesia primitiva el misterio de la pascua del Señor no se expresó solamente con el concepto  de “resurrección”, sino que se utilizó también la categoría vertical de “exaltación”: Cristo Resucitado, en efecto, es presentado “arriba”, “sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). En este texto se aplica este mismo esquema vertical al cristiano que en el bautismo y en la vida participa de la misma experiencia pascual de Cristo. Las “cosas de arriba” indican los valores de la vida nueva en Cristo; “las cosas de la tierra”, la existencia humana cerrada al Reino de Dios y al Evangelio. El sentido de la antítesis (cosas de arriba / cosas de la tierra) no indica, por tanto, un desprecio de las realidades terrestres creando una religión alienante y de evasión. El contraste se explica mejor en la formulación de los vv. 9-10, a través de las categorías “hombre viejo” y hombre nuevo”. El hombre viejo es lo que en otros textos Pablo llama “la carne” (Gál 5,22) o “el pecado” (Rom 6,2.7), realidades que el bautizado ha dejado atrás y a las que continuamente debe renunciar, ya que las ha sepultado en la fuente bautismal. El hombre nuevo es una realidad dinámica: es la existencia humana bajo la acción del Espíritu y de la gracia, que “se va renovando a imagen de su Creador”. Esta vida nueva que irrumpe en nosotros es Cristo mismo; “vida vuestra” (Col 3,4). Una vida que está, sin embargo, “escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), pues pertenece al orden de la fe y del misterio.

 

            El evangelio (Lucas 12,13-21) de hoy está centrado en la parábola del rico insensato que ha puesto toda su preocupación y su confianza en las riquezas. Jesús la cuenta a propósito de un pleito por cuestiones de herencias entre dos hermanos, de los cuales uno de ellos se acercó al Señor pidiéndole que interviniera diciéndole: “Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia” (Lc 12,13). Jesús, sin embargo, evita a toda costa de involucrarse en el litigio familiar y plantea su discurso a un nivel diferente. No quiere ser visto como un simple “juez” de querellas jurídicas familiares (v. 14), que da la razón a uno de los contendientes y condena al otro. La posición de Jesús es diversa. No se pone de parte de ninguno, sino que contando la parábola demuestra que tanto un hermano como el otro estaban en un error, pues ambos estaban cegados por la ambición material y el deseo de “tener”, considerando los bienes de la herencia de primera importancia por encima de la fraternidad y la libertad del corazón.

            El mensaje de la parábola es claro: el rico descrito es un insensato, un necio, pues no ha descubierto lo relativo y efímero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer, y ha olvidado que la única realidad auténticamente consistente es el juicio de Dios que inexorablemente llegará para todo hombre. Es una verdadera insensatez dedicarse a acumular riquezas y construirse una existencia sobre realidades tan frágiles e incapaces de superar la prueba final del juicio divino.

            El rico de la parábola no ha comprendido el espesor teologal y misterioso del “hoy”. Para él, todo su “hoy” está lleno de planes económicos, de inversiones a mediano y largo plazo y de búsqueda desmesurada del placer. Cree que con todo esto tiene el futuro asegurado en sus manos y por eso se dice a sí mismo: “Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete” (v. 19). Sin embargo, cuando menos lo espera, todo termina cuando llega el implacable momento final, lo que el evangelio llama “esta misma noche”, el instante de la muerte que como un martillo pulveriza todos sus planes, su capital y sus compromisos terrenos: “Torpe, esta misma noche morirás. ¿Para quién será todo lo que has almacenado?” (v. 20). La conclusión se impone: “así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico a los ojos de Dios” (v. 21).

El leccionario de hoy nos recuerda la relatividad del presente y de las cosas, su finitud, su límite. Acoger la palabra de Dios este domingo es reconocer nuestro apego a los bienes materiales y nuestra ansia de posesión y de “tener”. Lo que el evangelio llama “hacerse ricos a los ojos de Dios” es descubrir otro punto de vista para relacionarnos y juzgar los bienes de este mundo. Más importante que las riquezas son los valores evangélicos. Por eso Jesús nos invita: “No amontonen tesoros en esta tierra, donde la polilla y la herrumbre echan a perder las cosas, y donde los ladrones perforan los muros y roban. Amontonen mejor tesoros en el cielo...” (Mt 6,19-20). Amontonar tesoros en el cielo es descubrir el valor de la fraternidad y la justicia, de la solidaridad con los más pobres, es también abrir los ojos ante la ambigüedad que se esconde en un desarrollo económico mundial y en una técnica que desconoce la dignidad del hombre y la miseria en la que vive la gran mayoría de la humanidad.