DOMINGO XXI

(Tiempo Ordinario)

 

 

 

 

Isaías 66,18-21

Hebreos 12,5-7.11-13

Lucas 13,22-30

 

                El núcleo temático de las lecturas bíblicas de este domingo se encuentra en el v. 29 del evangelio: “Vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse en la mesa del Reino de Dios” (Lc 13,29). La liturgia de hoy es un canto al universalismo de la salvación, al amor infinito de Dios que no conoce barreras raciales, políticas o sociales, y a la misteriosa riqueza escondida en el corazón de cada hombre justo.

 

            La primera lectura (Is 66,18-21) está tomada del último capítulo del libro de Isaías. Su autor, un profeta anónimo del tiempo posterior al exilio (hacia finales del s. VI a.C.), conocido con el nombre de Tercer Isaías (capítulos 56-66 del volumen de Isaías), reaccionando frente a los primeros síntomas de cerrazón y de nacionalismo integrista de la comunidad hebrea que se había reconstruido después del exilio babilónico, lanza un mensaje de vibrantes horizontes universalistas en la misma línea de antiguas profecías (Is 2; 19; 60; Jonás; Ageo 2; Joel 3; Ez 29; etc.). El centro de su anuncio se encuentra en el verbo “congregar”, que antes se aplicaba exclusivamente a los judíos dispersos de la diáspora, pero que ahora llega a convertirse en una esperanza para toda la humanidad: “Llegará el tiempo de congregar a todos los pueblos y lenguas; vendrán y contemplarán mi gloria” (v. 18). Se anula el episodio de la torre de Babel donde la división de las lenguas había sido el signo de la dispersión y de la separación egoísta (Gen 11); ahora, como en el episodio cristiano de Pentecostés, las lenguas se reúnen en un único nuevo y multiforme pueblo de Dios.

            Después de un misterioso “signo” del Señor, que puede hacer referencia a un evento histórico doloroso, brota un grupo de supervivientes puros e fieles que, aunque no son israelitas, debido a su existencia justa son ya pueblo de Dios. Este grupo se constituye en testigo y anunciador de Yahvéh en medio de pueblos lejanos “que nunca oyeron hablar de mí, ni han visto mi gloria” (v. 19). Comienza de este modo un movimiento convergente desde todos los confines de la tierra hasta el Templo de Jerusalén, una especie de peregrinación universal atraída por el centro religioso de Israel: “Traerán de todos los pueblos, como ofrenda al Señor, a todos sus hermanos... los traerán a mi monte santo en Jerusalén ­­­­-dice el Señor-, lo mismo que los israelitas traen ofrendas en vasos purificados al templo del Señor” (v. 20). Y al final la gran sorpresa, casi blasfema para un cierto integrismo racista y religioso hebreo: también de entre los paganos Dios escogerá sacerdotes y levitas, aboliendo así el privilegio exclusivista de un solo pueblo (v. 21).

 

            La segunda lectura (Heb 12, 5-7.11-13) presenta la relación del creyente con Dios a través de la imagen paterna y pedagógica, muy utilizada en la literatura sapiencial, como lo prueba el hecho que esta reflexión este basada e inspirada en Proverbios 3,11-12. El sufrimiento pertenece a la condición humana y no debe ser considerado como castigo de Dios. Al contrario, Dios se sirve de los sufrimientos para corregirnos, transformarnos y perfeccionarnos. La prueba, en lugar de ser signo de rechazo de parte de Dios, puede ser para el creyente expresión de su elección. Las pruebas se convierten así en lecciones necesarias que dan testimonio de nuestra filiación en relación con un padre que nos ama incluso con criterios que a un niño pueden parecer inaceptables o absurdos. El texto concluye con la imagen deportiva de la carrera, con la que iniciaba el capítulo (Hb 12,1-3), invitándonos a lanzarnos con paso firme y seguro en el difícil camino de la vida (v. 13).

 

            El evangelio (Lc 13,22-30) inicia con una pregunta que hacen los discípulos a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (v. 23). La pregunta era común en aquel tiempo. Según algunos se salvarían todos los hebreos participando del reino futuro; según otros, solamente alcanzarían la salvación unos pocos observantes de la ley. Jesús rompe el esquema de la discusión, planteada en términos exclusivamente “cuantitativos”, y se coloca en un plano más personal y “cualitativo”. Para él la pregunta misma está mal planteada. La salvación no es cuestión de números, ni se resuelve con teoremas teológicos estrechos y mezquinos. Para Jesús lo decisivo no es pertenecer a un grupo religioso, llenarse la boca de términos o conceptos religiosos, ser fiel a las propias tradiciones o a la práctica escrupulosa de algunos preceptos. Lo único que cuenta para él es el haber atravesado “la puerta estrecha” (v. 24), es decir, haber sido fieles en el compromiso y el esfuerzo personal y cotidiano por buscar el Reino de Dios. Esta es la única medida de la pertenencia a Cristo y la única garantía de que estamos en camino hacia el banquete del Reino.

            Por eso, ante la “curiosidad” de los discípulos acerca del número de los salvados, la respuesta de Jesús es muy clara: “Esforzaos en entrar por la puerta angosta, porque les digo que muchos intentarán entrar pero no podrán” (v. 24). Y a continuación ilustra su posición con la sugestiva parábola de la puerta que conduce al banquete del Reino, que es estrecha y frente a la cual se amontonan muchos queriendo entrar. Los primeros que se adelantan para entrar están convencidos de conocer y ser amigos de Cristo. Sin embargo la respuesta del Señor es dramáticamente tajante, repetida en el texto dos veces: “¡No sé de donde sois!” (vv. 25.27). No basta que hayan comido y bebido con él, ni haberlo escuchado predicar en sus plazas. Ni la participación en la cena eucarística, ni el hacer o escuchar sermones, nos asegura la entrada en el banquete del reino. Sólo una opción de vida según los criterios del reino y una conducta iluminada constantemente por la fe auténtica, logran abrir las puertas de la gran fiesta final de la salvación.

            Lo que originariamente en la parábola fue una amenaza para la mayoría de los judíos, que serían lanzados fuera, mientras vendrían de todos los puntos cardinales hombres y mujeres a formar parte del Reino de Dios, en su redacción final es una advertencia también para el discípulo cristiano. Jesús quiere poner en evidencia delante de los suyos la dificultad y la exigencia del seguimiento. Si los discípulos de Jesús no entran por la puerta estrecha, esforzándose en seguir radicalmente al Maestro, escuchando sus palabras y actuando en consecuencia (Lc 6,47), sí entrarán “los últimos”, los “lejanos” justos, los verdaderos obradores de paz y de justicia, los verdaderos fieles (Lc 13,28-30). Estos sí que han puesto en práctica el evangelio y han entrado por la puerta estrecha, aun cuando no pertenecen oficialmente a la Iglesia de Cristo. “Vendrán muchos de oriente y de occidente, de norte y del sur a sentarse a la mesa en el Reino de Dios” (Lc 13,29).  Para Jesús los confines verdaderos de la Iglesia no son visibles y exteriores, sino que pasan a través del interior de las conciencias y de los corazones.

            Las lecturas bíblicas de hoy nos enseñan que se pertenece al pueblo de Dios no por la adhesión exterior o por la sola práctica de actos sagrados, sino por medio de la adhesión ética y existencial. Todo se juega en la vida. Podemos enseñar en nombre de Cristo, oír su palabra o celebrar ritos en su memoria, y tener el corazón y la vida lejos de él, permaneciendo para siempre extranjeros para él y para el Reino. La palabra de Dios de hoy es, por tanto, un fuerte llamado a comprometernos en el esfuerzo por vivir según los valores del evangelio. Al mismo tiempo nos recuerda que la salvación no se puede restringir a un grupo de privilegiados, pues el amor de Dios alcanza a todos los hombres. Por eso el mensaje bíblico de este domingo es también una exhortación al diálogo interreligioso, al respeto recíproco, a la comunión y a la superación de las desconcertantes cerrazones de individuos o grupos que se consideran poseedores privilegiados y exclusivos del bien y de la salvación.