DOMINGO XXII

(Tiempo ordinario - Ciclo C)

 

Eclesiástico 3,17-18.20.28-29

Hebreos 12,18-19.22-24

Lucas 14,1.7-14

 

            Una actitud fundamental para poder participar en la mesa del Reino de Dios es la humildad (evangelio). Como el Maestro, también el discípulo opta por el último lugar, porque también él “ha venido para servir y no para ser servido”. Dice Santa Teresa de Jesús que la humildad es “andar en verdad”, es decir, no es humillación masoquista, sino conocimiento auténtico y aceptación de sí mismo, para poder ocupar el justo sitio y desarrollar la propia misión en la historia en favor de la dignidad del hombre. La otra actitud evangélica de la que hoy nos habla el texto evangélico es la gratuidad (evangelio). Contra una visión demasiado mercantilista y oportunista de la vida, el verdadero creyente, a ejemplo de Jesús, se dona en favor de los demás sin esperar nada a cambio, no calcula cuando se da y cuando da, y es feliz de ser cercano y solidario con “los pobres, los inválidos y los ciegos”, los cuales “no pueden pagarle”. La grandeza del hombre no se mide por el status social, la riqueza, o los títulos nobiliarios, religiosos o académicos, sino por la riqueza interior del corazón, es decir, por la capacidad de amar y por la habilidad para discernir con sabiduría lo que se debe hacer en cada momento de la existencia (primera lectura).

 

            La primera lectura (Eclo 3,17-18.20.28-29) está tomada del Eclesiástico, un libro escrito hacia el año 190 a.C., caracterizado por su equilibrio sapiencial y su mensaje sereno enraizado en la cotidianidad de la vida. El libro se conoció solamente en griego hasta inicios del siglo XX, pero hoy gracias a unos importantes descubrimientos en un almacén de manuscritos inservibles (una geniza) en el Cairo (1896-1964), conocemos más de las dos terceras partes del texto hebreo original de la obra.

El motivo dominante del texto es la humildad, que aparece colocada dentro de un contexto más amplio dedicado a las relaciones sociales. Para el autor del libro, la humildad no es solamente una virtud humana que nos permite crear relaciones equilibradas y gozosas (v. 17: “serás amado por los que agradan a Dios”), sino también una actitud fundamental en la experiencia de Dios, pues nos permite acercarnos a él en la verdad, reconociendo su grandeza y aceptando nuestra pobre condición (v. 18: “ante el Señor hallarás gracia”). La condescendencia de Dios se hace accesible a los humildes, pues como dice el texto griego: “el poder del Señor es grande, pero acepta que lo honren los humildes” (v. 20). Este v. 20, en la versión hebrea, lo leemos con una ligera variante: “Es grande la misericordia del Señor y manifiesta a los humildes sus secretos”. En esta segunda versión se expresa una idea más conocida en el Antiguo Testamento: Dios colma de gracia a los humildes (Prov 3,34; Sal 25,14; Mt 11,25; Lc 1,52). En cualquier caso, la humildad del creyente expresa la aceptación gozosa del protagonismo y del primado de Dios en la experiencia de fe.

El texto concluye con un proverbio dedicado al valor de la sabiduría y del discernimiento en la vida del creyente: “El corazón del hombre inteligente medita los proverbios, y el sabio anhela tener oídos atentos” (vv. 28-29). Hay una clara relación entre humildad y sabiduría. El hombre atento, el que sabe escuchar y se deja enseñar, no sólo demuestra sencillez, sino que también adquiere mayor conocimiento de sí mismo, de la realidad, y de Dios, alcanzando de esta forma la verdadera humildad, que en su expresión más lograda no es otra cosa que “caminar en verdad delante de Dios y de los hombres” (Santa Teresa de Jesús).

 

La segunda lectura (Hb 12,18-18.22-24) concluye la lectura seguida que hemos hecho de la carta a los Hebreos durante los últimos domingos. El texto nos presenta en paralelo dos grandes “teofanías” de Dios. La primera, la manifestación de Dios en el monte Sinaí (vv. 18-19), es presentada como una revelación divina con rasgos aterradores y demasiado terrenos, según la descripción de Ex 19; la segunda, la experiencia cristiana (vv. 22-24), es descrita como absolutamente espiritual y trascendente. Esta última encuentra su culminación, no en una montaña de este mundo, sino en “la Jerusalén celestial”, es destinada a “los primogénitos inscritos en el cielo” y realizada a través de Jesús “el mediador de la nueva alianza”. El texto es un jubiloso canto a la novedad de la nueva alianza, realizada no en tablas de piedras sino en el corazón del hombre, al mismo tiempo que una alegre profesión de fe en Cristo que nos otorga el don de la vida eterna y en el comienzo de la nueva era perfecta y definitiva de la salvación.

 

El evangelio (Lc 14,1.7-14) nos coloca delante de una enseñanza de Jesús en ocasión de una comida en casa de uno de los jefes de los fariseos (v. 1). Observando que los invitados ocupaban los primeros puestos, Jesús se dirige a todos los comensales recomendándoles no acomodarse en el primer lugar, sino ocupar siempre el sitio menos importante, de modo que cuando venga el anfitrión les invite a ocupar un mejor lugar, “lo cual sería un honor delante de todos los invitados” (vv. 8-10). Esta primera enseñanza de Jesús se basa sin duda en un proverbio del Antiguo Testamento: “No te des importancia ante el rey, ni te coloques entre los grandes; porque es mejor que te digan: ‘Sube acá’, que verte humillado ante los nobles” (Prov 25,6-7).

Jesús, sin embargo, no ha querido simplemente dar una norma de urbanidad, sino que ha transformado el antiguo proverbio bíblico en un una exhortación de carácter religioso y teológico. Su enseñanza, en realidad, constituye la regla para participar en el banquete del Reino. Es absolutamente necesario superar el orgullo, la autosuficiencia y el fariseísmo. Las condiciones ideales para el ingreso en el Reino son: la sencillez, la aceptación serena de la propia condición humana y la humildad. La condición de admisión al banquete del Reino de Dios se resume en una sola frase: “El que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido” (v. 11). El Reino, el amor de Dios, la salvación, son dones gratuitos que el Señor concede a quien se abre a él sin pretensiones ni ínfulas de grandezas. El Reino de Dios exige que el hombre no se considere “justo” delante de Dios y que renuncie a todo intento de autojustificación. No es mi justicia ni mi grandeza la que me hará obtener un puesto en la mesa de la comunión con Dios, sino su acción benévola y gratuita que me levantará de mi pobreza y me dirá: “Amigo, sube más arriba” (v. 10).

La segunda parte de la enseñanza de Jesús, siempre en el contexto de aquella comida, está centrada en la gratuidad del amor y es destinada directamente al anfitrión y dueño de casa que lo había invitado a comer (vv. 12-14). Jesús le hace notar que invitar a amigos y parientes revela un amor fácil, espontáneo y un tanto estrecho. El Reino exige mucho más. Otra regla de oro para participar del Reino de Dios es abrirse a todos con un amor generoso y sin límites que da preferencia “a los pobres, a los inválidos y a los ciegos”, a los excluidos y marginados del mundo que no pueden dar nada a cambio.

Jesús propone una nueva forma de relacionarnos con los demás, no simplemente para quedar bien, buscando algún tipo de interés económico o social, o esperando algún tipo de recompensa de parte de los otros. El amor que anima la vida del discípulo es generoso y sin cálculos, desinteresado y dirigido con preferencia a los más pobres de este mundo. Aquí se encuentra la orientación de fondo de toda la praxis cristiana y la identidad fundamental de los hijos de Dios: “Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen?. También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo correspondiente. Ustedes amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio; así su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. Porque él es bueno con los ingratos y malos” (Lc 6,34-35).

Las dos reglas de oro del Reino que nos propone hoy el evangelio, la humildad y el amor gratuito, se refieren a las dos vertientes fundamentales de nuestra vida cristiana. La humildad sostiene y fundamenta nuestra relación con Dios; el amor desinteresado y universal sostiene nuestra relación con los demás. Quien está lleno de orgullo o apegado a los bienes materiales, será siempre incapaz de gozar de la fiesta del Reino y no podrá disfrutar nunca de la libertad del desprendimiento ni del gozo de la sencillez. Sólo quien vive delante de Dios como un pobre, y delante de los demás con disponibilidad gratuita y generosa, podrá participar un día de la gozosa fiesta de la Jerusalén del cielo.