DOMINGO XXIII

(Tiempo ordinario - Ciclo C)

 

 

 

Sabiduría 9,13-18

Filemón 9-10-12-17

Lucas 14,25-33

 

            Tenemos necesidad de discernir continuamente cuál es el camino verdadero que lleva a la vida y los valores auténticos con los cuales construir nuestro presente y nuestro futuro. De ahí la importancia de la temática de las lecturas bíblicas de este domingo centrada en los verdaderos valores. La meta que debemos alcanzar en la vida no es la posición social, ni el bienestar económico, ni el prestigio, sino “la sabiduría”, es decir, la plena realización del hombre en todas sus dimensiones y capacidades (primera lectura). Una manifestación suprema de sabiduría se alcanza cuando el hombre, a la luz de la fe en Cristo, como Pablo en el caso del esclavo Onésimo, toma conciencia del valor que posee cada hombre como hijo de Dios y defiende su libertad, sus derechos y su dignidad, ya que lo que está en juego es la vida y el destino de un hermano (segunda lectura). Pero sobre todo el hombre es sabio cuando opta por Dios. La gran decisión, la decisión por Cristo y el Reino de Dios, supone inteligencia y voluntad, radicalidad y perseverancia (evangelio).

 

            La primera lectura (Sab 9,13-18) está tomada del libro de la Sabiduría, escrito en griego, en plena época de difusión de la cultura helenística. Se trata de una obra fuertemente impregnada de platonismo aunque siempre fiel al tradicional mensaje sapiencial judío, compuesta probablemente en Alejandría entre los años 150 y 30 a.C. El texto que leemos hoy está tomado de una solemne oración que es puesta en boca de Salomón, el ideal del perfecto rey y del perfecto sabio (Sab 9), inspirada en las palabras de mismo soberano hebreo durante la visión de Gabaón (1Re 3,6-9). Se trata de la tercera estrofa de esta oración en la que se pide a Dios la Sabiduría divina para gobernar con justicia y para conocer lo que a Dios le agrada (vv. 1-12), pues “¿qué hombre puede conocer los proyectos de Dios?, ¿quién puede hacerse una idea de lo que quiere el Señor?” (v. 13).

Después de exponer ante Dios de diversos modos la súplica, el orante toma conciencia de que la sabiduría no es en primer lugar fruto del esfuerzo humano, sino que sólo puede ser alcanzada como una gracia de Dios. A partir de esta constatación se describe, con un lenguaje de claras reminiscencias platónicas, el límite del hombre como criatura (v. 15). Sin embargo, esa lucha interna entre “cuerpo” y “alma” de la que habla el v. 15 no refleja exactamente las ideas dualísticas de la filosofía de Platón (cuerpo y alma como dos componentes del hombre), sino que es una especie de esquema, inspirado en la cultura helenística, para expresar la radical debilidad humana, con todas sus tensiones y desórdenes. Sujeto a sus múltiples limitaciones y constantemente tentado por su estrecha racionalidad delante del Misterio, el hombre se abre a nuevos horizontes de luz y de verdad sólo gracias a la comunicación gratuita de la Sabiduría divina y del Espíritu santo de Dios: “¿Quién conocería tu proyecto, si tú no le hubieras dado la sabiduría, y hubieras enviado tu santo espíritu de los cielos?” (v. 17).

            Gracias a la acción de Dios que comunica su sabiduría a los hombres, éstos encuentran la “verdad”, que en sentido bíblico no es un concepto frío y racional, ni una simple adecuación del concepto a la realidad, sino que indica aquello que es consistente y estable y que conduce a la plenitud de la vida. La verdad bíblica coincide, por tanto, con la voluntad de Dios, con los verdaderos valores de la existencia. De ahí que sólo la sabiduría que viene de lo alto nos ayude a conocer la verdad, a través de la cual alcanzamos la rectitud en el camino de nuestra vida y con la cual llegamos a ser instruidos por Dios para obtener la salvación: “Así se enderezaron los caminos de los habitantes de la tierra, aprendieron los hombres qué es lo que te agrada y se salvaron por la sabiduría” (v. 18).

 

            La segunda lectura (Filemón 9-10.12-17) está tomada de la corta, pero profunda y bellísima cartita enviada por Pablo desde la cárcel a su amigo Filemón, en la cual le invita a acoger ya no como esclavo, sino como “hermano muy querido” (v. 16) al esclavo fugitivo Onésimo. La carta no es estrictamente privada, pues es mandada por Pablo también a toda la comunidad (v. 2). Y es que en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia los asuntos personales no pertenecen sólo a la esfera privada de los individuos. Filemón es un cristiano que pertenece ahora a la comunidad de Colosas, evangelizado por Pablo probablemente en Éfeso, y a quien se le ha fugado un esclavo de nombre Onésimo. El esclavo que huyó está ahora con Pablo, quien desearía mantenerlo junto a él, pero no utiliza su autoridad de Apóstol para imponerse sobre Filemón, sino que le hace un delicado llamado al corazón para que “recupere” a Onésimo, “en forma definitiva”, “pero ya no como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido” (v. 15-16). Pablo mismo se identifica con Onésimo: “Por tanto, si me tienes por amigo, recíbelo como me recibirías a mí” (v. 17).

            Esta corta nota enviada por san Pablo a Filemón fue conservada sin duda en la iglesia primitiva debido al sintético mensaje que ofrecía sobre el delicado y grave problema de la esclavitud. Pablo había ya intuido, desde tiempo atrás, la universal igualdad de los hombres delante de Dios cuando había afirmado que todos éramos pecadores y necesitados de salvación (Rom 3,23; 1 Cor 7,20-24; Ef 6,5-9; Col 3,22-4,1). Se había dado cuenta de que en Cristo desaparecían todas las barreras que dividían a los hombres: “Ya no hay esclavo, ni libre” (Gal 3,28). Pero en la carta a Filemón afronta la situación de un hombre que padece la esclavitud, la cual era aceptada en la sociedad greco-romana, pero que se hallaba en abierta contradicción con el mensaje de Jesús. No aborda el tema directamente, pero expone los principios cristianos de los que Filemón debe sacar las consecuencias. Y hablando a Filemón, habla a toda  la comunidad cristiana y a cada uno de sus miembros. A la luz de la fe en un único Dios y Padre en quien somos todos hermanos, el compromiso cristiano en favor de la defensa de la dignidad del hombre debería ser mayor que el de cualquier otra ideología.

 

            El evangelio (Lc 14, 25-33) nos coloca delante de la exigente declaración de Jesús que marca la diferencia entre el verdadero y el falso discípulo: “Si alguno quiere venir en pos de mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo” (v. 26). El lenguaje de Lucas puede parecer muy duro cuando usa el verbo “odiar”, pero sabemos que debido a la falta de una forma comparativa en el hebreo y el arameo, lo que ese verbo quiere decir es “amar menos”. En todo caso, la fuerza y la crudeza de las exigencias de Jesús son radicales e impresionantes. El discípulo no puede anteponer al amor de Jesús a nadie ni a nada, ni siquiera a las personas más queridas y cercanas (padre, madre, hermanos, hijos...). El compromiso por el Reino de Dios y por el evangelio son la opción primera y el amor fundamental, de lo cual depende todo el resto en la vida del discípulo.

            Todo lo anterior Jesús lo resume en esta frase: “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo” (v. 27). El cristianismo no hace de “la cruz” o de “las cruces” de la vida un valor en sí mismo, ni tampoco nos enseña simplemente a evadirlas o eliminarlas. La cruz no se busca en sí; se le encuentra, ciertamente, como valor espiritual, en la medida en que seguimos a Jesús. Vivir nuestra limitación humana y las contrariedades de la vida unidos con Jesús y al modo de Jesús, es hacer de la cruz una experiencia pascual; vivir nuestra existencia como un camino continuo de conversión cristiana, saliendo de nuestro egoísmo y superando nuestra tendencia al pecado, es seguir a Jesús cargando la cruz cada día; sufrir la contradicción, el sufrimiento, la persecución e incluso la muerte, como resultado del compromiso fiel con Jesús y con los valores del reino, es compartir en forma eminente la cruz de Cristo.

            Las dos parábolas, la del hombre que empezó a construir y no pudo terminar y la del ejército que con diez mil hombres pretende enfrentarse a otro de veinte mil, nos enseñan que Jesús exige una seria y atenta reflexión antes de decidirnos por él (vv. 28-32). La decisión por Jesús y por el Reino de Dios requiere madurez y seriedad, perseverancia y fatiga, inteligencia y previsión. Antes de emprender un viaje, fijamos nuestro destino y planificamos bien la ruta. Antes de hacer un jardín, lo distribuimos mentalmente, o tal vez en un papel. Se escriben los discursos antes de pronunciarlos; se diseña la ropa antes de enhebrar la aguja. El discípulo de Jesús ante todo debe conocer a fondo las exigencias del evangelio y sus consecuencias prácticas, tiene que ser consciente plenamente de los grandes valores que deben orientar su vida. Solamente así podrá luego actuar en consecuencia, ser coherente con su fe y confrontar y evaluar constantemente su vida con la palabra de Jesús. Sólo conociendo en forma consciente y libre el mensaje de Jesús y todo su alcance se podrá hacer una opción radical de fe, que implique una donación total, un amor total por Cristo, una total libertad interior y una decisión de fidelidad absoluta por los valores del Reino de Dios.

            El versículo clave que ilumina todo el texto evangélico de hoy y que condensa su mensaje se encuentra en el v. 33: “Del mismo modo, aquel de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Con la frase “todos sus bienes”, Lucas subraya su característica teología de la pobreza como condición indispensable para el seguimiento radical de Jesús. Se trata de una pobreza real y concreta que se expresa a través del desprendimiento, a través de un estilo de vida sobria y austera, pero que tiene su más honda raíz en el espíritu de pobreza de quien pone toda su confianza en Dios. Una pobreza que implica renuncia: estar dispuestos a dejar todo lo que se posee –cosas, personas, situaciones, planes, trabajos, etc.– si ello se antepone entre nosotros y Cristo y nos impide seguirlo. Se trata, por tanto, de una pobreza que libera en el amor, que está inspirada en el amor confiado y es la condición de ese amor. Lo que cualifica el desprendimiento cristiano no es la simple renuncia, sino los motivos de ella: la confianza en el Dios de Jesús y la fe en los valores del Reino, de cuyas riquezas ya participa el creyente.