DOMINGO XXV

(Tiempo Ordinario – Ciclo C)

 

 

 

Amós 8, 4-7

1 Timoteo 2, 1-8

Lucas 16, 1-13

 

            La extraña parábola del evangelio de hoy nos recuerda que Jesús espera que la conducta de sus discípulos esté siempre caracterizada, a ejemplo del administrador astuto, por la prontitud, la creatividad y las decisiones inteligentes, a fin de poder “administrar” la existencia según los grandes valores del evangelio. En la segunda parte del evangelio se nos ofrece una aplicación en relación con el tema de la riqueza, a través de un llamado a la práctica de la justicia y a la superación la esclavitud y la idolatría del dinero. Un modo particular de vivir la fe en forma creativa, inteligente e intrépida es preocuparse por luchar contra la religión de la riqueza, en donde se rinde culto al dinero como a un dios, vivir en solidaridad con las víctimas del poder y de la opresión y hacer que los propios bienes sirvan a aquellos que no tienen con qué vivir.

 

            La primera lectura (Amós 8,4-7) nos permite escuchar la voz de uno de los profetas más radicales y duros del Antiguo Testamento: el profeta Amós. Amós era “pastor de ovejas” (Am 1,1) y “cultivador de higos” (Am 7,14), pero fue llamado por Dios a anunciar su palabra a la sociedad opulenta y adormecida de Samaría, en donde las diferencias entre pobres y ricos eran escandalosas y la religión se había convertido en un tranquilizador de la conciencia de las clases más poderosas. Su palabra cayó implacable, como el rugido de un león (Am 1,2; 3,8), como una señal de guerra (Am 2,14-16; 8,1-3) sobre aquella sociedad marcada por la opresión, la injusticia social, la indiferencia hacia los más pobres y la manipulación religiosa.

            En el texto que leemos hoy Amós lanza un vigoroso ataque contra las clases más ricas de Samaría que “aplastan al pobre y tratan de eliminar a la gente humilde” (v. 4). Estos ricos no sólo nadan en la opulencia y viven con un lujo desenfrenado (Am 6,4-6), sino que se aprovechan de la gente más pobre del país a través del robo y la mentira en las operaciones comerciales: alteran las medidas, los pesos y las balanzas, suben los precios, etc. La única razón de tal comportamiento es su sed desmedida de ganancia y su deseo de buscar la máxima ganancia aun a costa de medios inmorales.

Pero Amós hace notar algo aún más grave. Estos comerciantes ávidos de ganancias no tienen el menor respeto por las fiestas religiosas, tales como la luna nueva o el sábado (v. 5), las cuales sin duda celebraban la salvación divina destinada a todos, probablemente con referencia a la liberación de la esclavitud de Egipto (Am 3,1; 9,7). Por una parte viven escrupulosamente la ley del descanso festivo como expresión de libertad; por otra, no ven la hora de que el tiempo festivo pase, para poder reducir a otros hombres a la esclavitud. Viven el tiempo de la libertad con su corazón enraizado en la esclavitud y en la ambición de riquezas materiales. Desnaturalizan así la práctica religiosa y la viven en forma hipócrita, demostrando que su verdadero Dios no es Yahvéh, el Dios de la libertad y de la vida, el Dios que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto, sino el dios dinero, a quien rinden culto a través de la mentira, el robo y la opresión de los pobres. La denuncia de Amós no tiene necesidad de comentario. Todo se resume en la terrible frase final sobre  el “juramento” de Dios: “El Señor lo ha jurado por el honor de Jacob: ¡nunca olvidaré lo que han hecho!” (v. 7).

 

La segunda lectura (1 Tim 2,1-8) nos ofrece una de las primeras instrucciones de la primera carta a Timoteo sobre el funcionamiento de la comunidad: la instrucción sobre la oración litúrgica. La oración que eleva a Dios en las celebraciones de la comunidad cristiana debe ser ante todo universal (v. 1: “por todos los hombres”), como es universal la Iglesia. Debe reflejar, por tanto, la voluntad de salvación de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven” (v. 4), y la mediación salvadora de Cristo, “que se entregó a sí mismo para redimir a todos” (v. 6). Es importante notar también en este texto la mención explícita que se hace de la oración de la Iglesia en favor de los hombres políticos y los jefes de estado (v. 2). Orar por los que tienen en sus manos las grandes decisiones de la política del mundo es hacer presente la gracia de Cristo y del Reino de Dios en medio de la historia de los hombres.

 

El evangelio (Lc 16, 1-13) inicia con la extraña parábola de un administrador corrupto, el cual, encontrándose en una situación desastrosa e irreversible pues su patrón ha descubierto que malgastaba sus bienes, reflexiona sobre su futuro y encuentra una solución, aunque ciertamente poco moral. El relato termina con el elogio de aquel administrador corrupto, no por lo que de ilegal e incorrecto ha cometido, sino porque ha sabido salir adelante y encontrar un medio para no sucumbir en una situación tan difícil (v. 8a). De la lógica de la narración se ve claro que no es Jesús directamente quien elogia al administrador, sino el patrón de la parábola, quien al momento de alabarlo no piensa en los intereses de su empresa, ni en la moralidad de su antiguo empleado, sino que solamente considera la habilidad y la astucia con la cual éste ha sabido salir de una situación desperada.

Al final de la parábola se sacan algunas conclusiones sobre el comportamiento de los discípulos invitados a actuar con sagacidad e inteligencia:

(1)  La primera aplicación se basa en la comparación entre “hijos de la luz” e “hijos de este mundo” (v. 8b). El administrador de la parábola es un “hijo de este mundo” y ha sabido actuar con más agudeza, coraje y astucia, que la que tienen muchas veces los “hijos de la luz”, es decir, los discípulos. Estos últimos, en relación con el Reino de Dios, deberían ser tan perspicaces y listos en su vida de fe, como lo son aquellos que se preocupan sólo de sus propios negocios e intereses económicos.

(2) La segunda aplicación muestra lo que significa para los hijos de la luz ser “astutos”. Jesús les dirige a los discípulos la invitación a hacerse amigos con “la riqueza injusta”, expresión que en el evangelio de Lucas designa a la riqueza en general, la cual siempre se obtiene a costa de otros que viven en situación de pobreza y necesidad a causa de la injusta distribución de bienes entre los hombres. “Hacerse amigos con la riqueza injusta” quiere decir solidarizarse con los pobres de este mundo y poner nuestros bienes al servicio de los más necesitados (véase Lucas 12,33!). Estos pobres y necesitados llegarán a ser aquellos amigos que nos acogerán “en las moradas eternas” (Lc 16, 9), de tal forma que nuestra relación con los pobres llega a convertirse en criterio decisivo de salvación. La frase metafórica de Jesús afirma que, después de la muerte, quien ha dado con generosidad a los pobres será acogido en la comunión con Dios.

(3) La tercera aplicación hace referencia a la vida del creyente en relación con los bienes materiales. A través de una máxima de sabiduría general (v. 10: “El que es de fiar en lo poco, es de fiar en lo mucho, y el que es injusto en lo poco, lo es también lo mucho”), Jesús hace notar la relación entre la salvación definitiva y nuestra forma de comportarnos con la riqueza. El “poco” corresponde a “la riqueza inicua” y el “ser fieles” significa dar los propios bienes a los pobres. Solamente viviendo con esta fidelidad es posible esperar la “verdadera riqueza” que corresponde a la acogida escatológica en el Reino definitivo. En una segunda comparación, la “riqueza ajena” corresponde a la riqueza injusta que debe ser abandonada, y la “propia riqueza” se identifica con la salvación escatológica. Quien se apega a los bienes y es ávido de dinero, se hace incapaz de acoger la salvación que se manifiesta en Jesús, el cual invita a los suyos a abandonarlo todo para poder seguirlo (Lc 14,33).

(4) La cuarta aplicación se refiere al antagonismo entre los dos señores. En la antigüedad el esclavo podía servir sólo a un único señor, y esto mismo vale en relación con Dios y el dinero. Son como dos adversarios en eterno conflicto. Aunque la lucha no se desarrolla directamente entre ellos, sino que ocurre en el interior del hombre, que es llamado a optar por servir a uno o a otro. El peligro de la riqueza es que puede llegar a ocupar el lugar de Dios, generando en forma misteriosa e inconsciente una forma de esclavitud y de culto. Los dos “servicios”, a Dios y al dinero, se mueven en planos de lógica diversa y contrastante. El servicio a Dios genera la lógica del amor y de la fraternidad, del dar y de la generosidad; el servicio al dinero, en cambio, la lógica del provecho personal, de la competencia, del tener y de la ambición. Con razón Jesús afirma que: “Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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