DOMINGO XXVI

(Tiempo ordinario - Ciclo C)

 

 

 

Amós 6, 1.4-7

1 Timoteo 6,11-16

Lucas 16,19-31

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo profundizan la temática del domingo anterior en torno a la visión evangélica de la riqueza. El profeta Amós alza su voz implacable contra la injusticia y las escandalosas diferencias sociales que dividen a los hombres entre ricos y pobres; el evangelista Lucas no duda en afirmar, a través de la parábola del rico y Lázaro, que las riquezas impiden al hombre tener un corazón libre para amar al prójimo y le cierran las puertas del Reino de Dios.

 

            La primera lectura (Am 6,1.4-7) constituye una de las denuncias más duras del profeta Amós en contra de la clase rica de Samaría, la capital del reino del Norte en el siglo VIII a.C. Su denuncia es doble. En primer lugar el profeta condena vigorosamente el excesivo lujo en el que vive la gente de la clase rica de la ciudad, quienes no se contentan con un inmueble, sino que poseen “casa de invierno y casa de verano” (Am 3,15), viven entre muebles lujosos, espléndidos divanes de marfil (Am 6,4) y utilizan cosméticos exóticos (Am 6,6b: “se ungen con los mejores aceites”), celebran continuos banquetes acompañados de comida exquisita y ostentosa, vinos costosos e instrumentos musicales fastuosos (Am 6,5-6a). Amós es implacable contra este despliegue pomposo de lujo y de riquezas amasadas injustamente por una clase social que se ha enriquecido a costa de los más pobres del país. En segundo lugar, y es lo más grave, el profeta denuncia la inconciencia de estos ricos, los cuales “no se afligen por el desastre de José” (v. 6c), es decir, no se dan cuenta de que con su descarado egoísmo, con su riqueza y su vida mundana y corrupta, están llevando a la ruina a la gran mayoría pobre del pueblo, a quien Amós llama “José”, el nombre de uno de los hijos del patriarca Jacob.

Pocos años después de esta denuncia de Amós, en el año 722 a.C., los ejércitos del rey asirio Sargón II demolían totalmente Samaría y se llevaban a sus habitantes a los campos de concentración de Mesopotamia. Aquella gran desigualdad social y económica de la ciudad de Samaría, a causa del lujo y el desenfreno de la clase poderosa y que provocaba un dramático abismo entre ricos y pobres, desembocó inexorablemente en la destrucción de aquella sociedad. Las palabras de Amós se cumplieron: “Por eso, ahora irán al destierro a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas” (v. 7).

 

La segunda lectura (1 Tim 6,11-16) constituye una especie de resumen de todo el mensaje de la primera carta a Timoteo. El autor exhorta a Timoteo, como queriendo recoger todo lo dicho anteriormente, con estas pocas palabras: “Tú, hombre de Dios... corre al alcance de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” (v.11). El centro del texto, sin embargo, lo encontramos en los vv. 12-13, en donde se pide a Timoteo que combata “el buen combate de la fe” (v. 12) siendo fiel a “la solemne profesión-testimonio” (v. 13) hecha delante de muchos testigos, es decir, que sea fiel a la profesión de fe bautismal, pues a través de ella el creyente inicia el camino cristiano y, al mismo tiempo, se prepara a “la manifestación de nuestro Señor Jesucristo que ha su debido tiempo hará patente” (v. 14-15). Una solemne profesión-testimonio, similar a la de Cristo mismo delante de Pilatos (v.13), y semejante a la del autor de la carta, que termina su exhortación con una bellísima doxología en la que proclama la realeza universal de Dios, “el Rey de los reyes y el Señor de los señores” (v. 16).

 

El evangelio (Lc 16,19-31) es la parábola del rico y del pobre Lázaro, con la cual el evangelista Lucas continua su reflexión sobre la riqueza, iniciada con el relato del administrador injusto (Lc 16,1-8). La parábola inicia con la presentación antitética de los dos protagonistas: un rico y un pobre (vv. 19-21). Del rico no se da el nombre y sólo se indica su forma suntuosa de vestirse y su modo de vivir entre lujos y placeres; del pobre se nos da el nombre, se llama Lázaro, y se indica su vida pobre y miserable, cubierto de llagas que le venían a lamer los perros (v. 21). El cuadro no podía ser más contrastante. Lo que define al rico es sentarse a “la mesa” (v. 21), símbolo de la comodidad, de la seguridad y de la saciedad; el lugar que se pone en relación con el pobre es, en cambio, “estar echado junto a la puerta” (en griego se utiliza la palabra pylôn, que indica el vestíbulo o portal) (v. 20), símbolo de la separación, de la inseguridad, y del abandono. El rico está dentro y muy cómodo; Lázaro está fuera, desamparado y necesitado. Los dos personajes no tienen, por tanto, ninguna relación, no entran en contacto en la parábola. La única relación es que uno vive en la puerta de la casa del otro. Se pudiera pensar incluso que el rico no sabía de la existencia de Lázaro, pero como lo veremos más adelante, no sólo conocía su presencia sino también su mismo nombre, y en esto radicará su condena.

Estas dos existencias, aun siendo tan diversas, incluso tan antitéticas, llegan a tener una experiencia en común: la experiencia de la muerte (v. 22). Aquellos dos destinos tan distintos, sólo por un instante se vuelven paralelos al compartir la misma suerte mortal. El rico recibe todos los honores fúnebres dignos de su clase social, pero el pobre es llevado al seno de Abraham (v. 22). Es así cómo, precisamente después de la muerte, aquellos dos destinos empiezan a cambiar radicalmente: el pobre es llevado al cielo (“el seno de Abraham”), mientras el rico se encuentra en el Ades, en el abismo o Gehena, el lugar de la condena definitiva que la imaginación judía describía como un lugar de tormentos y llamas.

Es importante subrayar aquí dos cosas. En primer lugar hay que notar que el mensaje fundamental de la parábola no es que un pobre que ha sufrido en este mundo pasivamente luego tendrá sus gozos en el cielo; lo que se quiere subrayar en la parábola no es la suerte del pobre, sino la condena del rico. Tanto es así que del pobre no se habla más. En segundo lugar hay que tener en cuenta que ninguno de los dos personajes ha sido presentado desde el punto de vista ético. No se dice que el rico había sido un inmoral, ni que el pobre fuera un creyente. Por lo tanto, hay que concluir que la única razón por la que el rico terminó en el infierno no puede ser otra que el hecho de haber vivido indiferente en medio de sus riquezas, ya que tenía a la puerta de su casa un indigente y nunca se ocupó de él. Lo que lo condena no es la riqueza en sí misma, sino la forma en que se comportó y el modo egoísta en que la utilizó.

Luego la parábola describe un doble diálogo entre el rico y Abraham, al que confiadamente el rico llama una vez “padre” (v. 27) y dos veces “padre Abraham” (v. 24.30), lo que quiere decir que este rico era un creyente del pueblo de Israel, el pueblo que tenía por padre a Abraham. El ser miembro del pueblo elegido no es razón suficiente para alcanzar la salvación. El rico pide dos cosas a Abraham. En primer lugar le pide que Lázaro venga a mojarle con agua la punta de su dedo y le refresque la lengua. El rico habla de “Lázaro”, a quien ahora llama por su nombre, lo cual indica que lo conocía muy bien cuando yacía llagado y hambriento a la puerta de su casa. La respuesta de Abraham es tajante. En la tierra tenían la posibilidad de comunicarse; ahora, en cambio, este contacto es absolutamente imposible. Con este argumento la parábola enseña que el momento para la generosidad y la solidaridad con los últimos de la tierra es el hoy de cada día. Es allí donde cada uno va preparando su destino final de salvación.

En segundo lugar el rico pide a Abraham que Lázaro vaya a casa de su padre a advertir a “sus cinco hermanos” para que no caigan también ellos en ese lugar de tormento. Es curioso observar que para este rico sólo hay “cinco hermanos”, cinco hombres ricos como él que forman parte de su familia. Por eso nunca trató a Lázaro como un “hermano”. Les llama hermanos sólo a los cinco ricos. Su riqueza le impidió llegar a comprender que todos los hombres, sobre todos los más pobres como Lázaro, eran sus hermanos. El drama de este rico es que creyó que podía llamar padre a Abraham sin tratar como hermano al pobre que estaba a la puerta de su casa.

La respuesta de Abraham aquí también es tajante: “Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen” (v. 29). En el evangelio de Lucas, en efecto, la condición del creyente consiste en la escucha de la palabra bíblica, que invita a la práctica de la justicia en favor de los pobres y que denuncia la perversidad de los ricos que explotan a los más débiles (véase Ex 22,25-26; Dt 24,17-22; Is 58,7). La invitación a escuchar y, por tanto, la obediencia a “Moisés y los profetas”, hay que colocarla dentro del marco teológico de Lucas, según el cual Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento, sintetizado aquí a través de la experiencia mosaica y el movimiento profético. El Señor Resucitado en el camino de Emaús, por ejemplo, no hará otra cosa sino explicar su destino de pasión, muerte y resurrección a los discípulos, a partir de Moisés y los profetas (Lc 24,27, véase también Lc 24,44). No hay, por tanto, contraposición entre la palabra bíblica del Antiguo Testamento y la revelación bíblica de Jesús, el Crucificado Resucitado, sino solamente una relación de cumplimiento.

La exigencia de justicia y de solidaridad con los pobres no es una novedad de Jesús, sino que estaba ya presente en el Antiguo Testamento. La Escritura necesaria para conocer la voluntad de Dios, que hace entrar en comunión con Abraham y llamarle “padre”, invita a un serio compromiso de vida en favor de los pobres. No es necesario, por tanto, que Lázaro regrese y se presente a los cinco hermanos del rico para que ellos observen la palabra de Dios. “Si no oyen a Moisés y los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite” (v. 31).

La parábola enseña claramente que la única forma que hay para evitar el infierno reservado al rico es cambiar el estilo de vida, comprometiéndose y solidarizándose con las necesidades de los más pobres. En la parábola, el rico no se fue al infierno ciertamente porque tenía muchos bienes, sino porque, llevando una vida tranquila y cómoda, no se dio nunca cuenta de que junto a él estaba un hombre, un “hermano” suyo que estaba en la más grande pobreza. Ciertamente el destino final de salvación o condena, de paraíso o infierno, no depende del propio estado social, pero sí esta íntimamente relacionado con el modo como los bienes son puestos a disposición de los otros.