DOMINGO XXX

(Tiempo ordinario – Ciclo C)

 

 

 

Eclesiástico 35,12-14.16-18

2 Timoteo 4,6-8.16-18

Lucas 18,9-14

 

            La temática de las lecturas de este domingo retoma en cierto modo la catequesis sobre la oración iniciada el domingo anterior. La primera lectura del libro del Eclesiástico recuerda un dato fundamental de la tradición bíblica, el cual asegura que Dios escucha la oración de los pobres, de los oprimidos y de los humildes. La segunda lectura es el último testamento de san Pablo, quien está a punto de llegar al final de su vida y de su misión, firmemente convencido que el Señor ha estado siempre a su lado como fuerza y como consuelo. En el evangelio, el fariseo y el publicano representan dos actitudes humanas, dos formas de concebir y practicar la oración y dos imágenes de Dios. Mientras la religiosidad y la oración del primero se apoyan en el orgullo de sus obras, el segundo se abandona totalmente a la misericordia de Dios. Sólo de este último asegura Jesús que “bajó a su casa reconciliado con Dios”.

 

            La primera lectura (Eclo 35,12-14.16-18) forma parte de un amplio trozo del libro del Eclesiástico en el cual se describe la justicia del Dios de Israel, la cual se manifiesta como misericordia en favor de los pobres y oprimidos. Es un principio fundamental de la experiencia bíblica la afirmación que Dios escucha y socorre a los últimos de este mundo, tal como lo ha demostrado la misma experiencia histórica del pueblo elegido desde sus orígenes (Ex 3,7-9), mientras que al mismo tiempo se muestra inflexible y severo con los soberbios y malvados (Eclo 35,19.23).

El texto que comentamos del Eclesiástico afirma con fuerza esta parcialidad misericordiosa del Dios de Israel en favor de los pobres y los humildes cuando dice que Dios “escucha el clamor del oprimido, no desprecia la súplica del huérfano, ni las quejas que expone la viuda” (v. 13-14). El oprimido, el huérfano y la viuda, son en la Biblia el símbolo de la persona desamparada que encuentra sólo en Dios su consuelo y su justicia y a quien Dios siempre oye y auxilia. Dios no acepta gestos exteriores e hipócritas de penitencia cuando con ellos se busca ocultar la injusticia que se comete con los pobres, pues “el Señor no favorece a nadie en perjuicio del pobre” (v. 12). La justicia de Dios se manifiesta sobre todo en su amor misericordioso y privilegiado en favor de los últimos de la tierra, cuya voz “atraviesa los cielos” (v. 17). La oración del humilde es el mensaje más vivo y elocuente que la humanidad puede dirigir al corazón de Dios, quien no tardará en escucharlo e intervenir en su favor.

 

            La segunda lectura (2 Tim 4,6-8.16-18) es la conclusión de la segunda carta a Timoteo. Se trata de un texto conmovedor que puede ser considerado como el testamento de Pablo, quien hace una especie de relectura de toda su vida y de todo su ministerio. Utiliza para ello tres ricas metáforas con las cuales describe su existencia de creyente y apóstol. Su vida es como un sacrificio ofrecido a Dios (v. 6), como una dura batalla que ahora está por concluir (v. 7), como una larga carrera en la cual está a punto de llegar a la meta para “recibir la corona de la salvación que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa” (v. 8).

 

            El evangelio (Lc 18,9-14), más que una parábola, es un “relato ejemplar”, en el cual se presentan dos personales: el primero, el fariseo, como anti-modelo, el segundo, el publicano, como modelo. En el evangelio de Lucas, este relato es la continuación lógica de la enseña de Jesús sobre la oración perseverante a través de la parábola de la viuda y del juez injusto (Lc 18,1-8). El Señor ha exhortado a los discípulos a orar insistentemente, sin desanimarse, para recibir la justicia de Dios (Lc 18,1), pero obviamente esto no basta. El orante, si no está atento a su actitud interior, corre el riesgo de practicar una falsa oración que llegue a justificar una relación inadecuada y pervertida con Dios.

            Ya desde el inicio se hace clara mención de unos destinatarios bien precisos a los cuales Jesús dirige el relato: “unos que presumían ser justos y despreciaban a los demás” (v. 9). Anticipadamente, por tanto, podemos intuir la causa de la condena del fariseo y de la justificación del publicano de los que habla la narración. En la tradición bíblica de Israel, un justo era aquel que actuaba en conformidad con los preceptos de la ley para realizar la voluntad de Dios (Lc 1,6; 2,25; 23,50). Sin embargo, Jesús no duda en lanzar críticas durísimas cuando este comportamiento se vuelve motivo de orgullo y de ostentación y sirve para crear discriminación entre quien se cree en regla con Dios y los demás a quienes se les considera inferiores (cf. Lc 16,14-15).

            El texto habla de dos personajes que subieron al templo a orar. El primero era fariseo, miembro del grupo llamado de los perushím, término que probablemente quería decir “puros”. Se les llamaba así porque cumplían estrictamente con la ley de Moisés, aunque a menudo se trataba de una observancia exterior y legalista. Como sabemos por otros textos del evangelio, los fariseos se preocupaban por cumplir preceptos insignificantes, mientras descuidaban los grandes mandamientos del amor y de la justicia (Lc 11,42-44). El segundo personaje era un publicano, que ejercía una de las ocupaciones consideradas como malditas por el pueblo de Israel. Los publicanos se encargaban de cobrar los impuestos en favor del imperio romano y, por tanto, eran considerados por los judíos piadosos como ladrones a causa del dinero e impuros a causa de su contacto con los paganos.

            El fariseo, ora en posición erguida (v. 11), probablemente ostentando su seguridad religiosa, y se dirige a Dios con una bendición, oración a través de la cual se agradecía a Dios todos los bienes recibidos. El fariseo bendice a Dios porque se siente distinto de los demás hombres que son “ladrones, injustos, adúlteros”. Él, en cambio, está en regla con Dios porque cumple todos los preceptos del decálogo, incluso va más allá pues ayuna dos veces por semana e paga el diezmo de todo lo que posee. Incluso da gracias por no ser como aquel publicano que había subido al templo al mismo tiempo que él. En realidad sus palabras no son una oración, sino un monólogo a través del cual expresa su orgullo y su autosuficiencia, motivos por los cuales juzga en forma despreciativa a los demás. Su discurso pone de manifiesto no sólo una relación perversa con los hombres, sino sobre todo con Dios, a quien invoca solamente para que confirme su perfección.

            El publicano, por su parte, “se mantiene a distancia y no se atreve ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho” (v. 13). Tres actitudes revelan su interioridad: se queda lejos pues se siente lejos de Dios a causa de su oficio, no alza los ojos al cielo pues no se siente digno de dirigirse a Dios y se golpea el pecho expresando su sentido de culpa y de pecado. Si la oración del fariseo es relativamente larga, la del publicano se caracteriza por su brevedad: “Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador” (v. 13). Sabe que no tiene nada de qué gloriarse ante Dios y se fía únicamente su misericordia.

            Al final Jesús interviene con un comentario que cambia totalmente la opinión popular de la gente, según la cual el fariseo era objeto de la salvación de Dios y el publicano no. La conclusión de Jesús es totalmente opuesta: “Les digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado con Dios, y el otro (el fariseo) no. Porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 14). Ser “justificado” (del verbo griego: diakioun), en el lenguaje bíblico, quiere decir “declarado justo ante Dios a través del juicio divino”, es decir, haber obtenido la remisión de los pecados.

            El fariseo y el publicano representan dos imágenes de Dios. Para el primero Dios es solamente alguien que confirma una salvación ya conquistada con el propio esfuerzo y las propias obras; para el segundo, en cambio, Dios es fuente de misericordia gratuita que salva a los pecadores. Un principio que es fundamental para la teología y la práctica de la oración cristiana, que no se funda en la justicia del hombre, sino en la justicia misericordiosa y salvadora de Dios.