DOMINGO XXXI

(Tiempo ordinario – Ciclo C)

 

 

Sabiduría 11,22-12,2

2 Tesalonicenses 1,11-2,2

Lucas 19,1-10

 

            La conversión cristiana supone un cambio radical en las relaciones con Dios y con los demás. El encuentro de Zaqueo con Jesús demuestra que la conversión es una experiencia existencial que brota del encuentro con la misericordia de Dios revelada en Jesucristo, y que manifiesta exteriormente en un nuevo modo de convivir. La reconciliación con Dios rompe la soledad del pecado y nos abre a los demás.

 

            La primera lectura (Sab 11,22-12,2) pertenece a la larga meditación sapiencial sobre el Éxodo que ocupa los capítulos 11-19 del libro de la Sabiduría, que cronológicamente hablando es el último del Antiguo Testamento, escrito en griego en la diáspora judía, en Alejandría, entre los años 150 y 30 antes de Cristo.

            El texto que se lee hoy es una espléndida meditación sobre el amor de Dios por sus criaturas, independientemente de la condición moral de éstas. Dios es infinitamente grande, a tal punto que delante de él todo el universo es como “un grano de arena” o una “gota de rocío” (v. 22), sin embargo, él es condescendiente y compasivo con todos y a todos perdona (v. 23). Precisamente su grandeza está ahí, en su infinita misericordia hacia sus criaturas. El autor del libro de la Sabiduría justifica este amor universal diciendo que todo subsiste por voluntad divina, pues Dios ama todo cuanto existe (v. 24). Dios, que ha creado todo, es “amigo de la vida” (v. 26).

            En cada criatura está presente el “soplo incorruptible” (12,1), el espíritu vivificante de Dios. Todos los seres del universo son reflejo de la vida de Dios y objeto de su amor eficaz. Dios siempre hace surgir y renueva la existencia de todo, aposta siempre por la vida y por las posibilidades de bondad presentes en toda persona humana. De ahí que cuando el hombre peca, sufre a causa del mal cometido y no tiene ya confianza en sí mismo, Dios interviene para hacerlo volver a la vida (12,2). Dios es el Dios de la vida, un Dios que siempre crea y ama, el Dios que se fía siempre de sus criaturas. Un Dios apasionado en perdonar al hombre.

 

            La segunda lectura (2 Tes 1,11-2,2) es un llamado de Pablo al realismo evangélico: “Les rogamos, hermanos, no se alarmen por revelaciones, rumores o supuestas cartas nuestras en las que se diga que el día del Señor es inminente” (2,2). El Apóstol se dirige a una comunidad cristiana turbulenta y ansiosa a causa de supuestas revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo y la segunda venida del Señor. Solamente Dios sabe el día y la hora. Lo que toca a cada cristiano es vivir el presente en forma responsable, sin dejarse arrastrar por palabras exaltadas que turban la serenidad de la conciencia y apartan del compromiso moral de cada día. En el v. 11 Pablo enuncia lo que para él es decisivo y el motivo por el cual ora por los tesalonicenses: “Para que nuestro Dios los haga dignos de su llamada y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe. Así el nombre de nuestro Señor Jesucristo será glorificado en ustedes, y ustedes en él”. El itinerario de la Iglesia y de cada cristiano son sostenidos por Dios. Un itinerario que se puede sintetizar así: la llamada de Dios, la voluntad para hacer el bien inspirados en la fe y sostenidos por la gracia de Dios, y finalmente la glorificación de Jesucristo.

 

El evangelio (Lc 19,1-10) narra el encuentro de Jesús con Zaqueo cuando atravesaba la ciudad de Jericó. Zaqueo era “jefe de publicanos” (v. 2). En el mundo judío, los publicanos eran despreciados porque obtenían ganancias a través del robo y el manejo ilícito del dinero, y eran considerados pecadores por el hecho que recaudaban los impuestos para los romanos. Los impuestos eran un signo de que la tierra de Israel estaba sometida al poder extranjero, y por este motivo los judíos que colaboraban con el imperio que ocupaba el territorio dado por Dios a su pueblo, eran despreciados por todos.

            De Zaqueo el texto da mucha información. Conocemos su nombre, su profesión, su status social, se dice que era “rico”, lo cual demuestra que el oficio que realizaba como publicano le procuraba jugosas ganancias económicas, y hasta sabemos que era de baja estatura (v. 2). Este hombre “quería ver a Jesús” (v. 3), o con una traducción más literal del texto griego “buscaba ver quién era Jesús” (griego: ezētei idein ton Iēsoun tís ), es decir, estaba interesado en su identidad. La muchedumbre que rodea a Jesús y su baja estatura, sin embargo, representan dos obstáculos grandes para Zaqueo, quien se sube a un árbol para superar estos impedimentos (v. 4), demostrando así su gran deseo de encontrar a Jesús.

            No obstante la voluntad y el deseo de Zaqueo, lo que realmente produce el encuentro es la iniciativa de Jesús: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa” (v. 5). Mientras Zaqueo “buscaba ver quién era Jesús” (v. 3), es Jesús quien alza su mirada, lo ve y le dirige la palabra, estableciendo finalmente el deseado encuentro. Es notorio el juego de miradas en el texto y el papel decisivo de la palabra de Jesús que no sólo lo llama, sino que lo invita a bajar del árbol y le manifiesta su deseo de hospedarse en su casa.

           

         Al escuchar a Jesús, Zaqueo actúa inmediatamente, bajando con urgencia y demostrando toda su disponibilidad para acogerlo: “él bajo a toda prisa y lo recibió muy contento” (v. 6). La “prisa”  y el “gozo” son dos notas teológicas distintivas del evangelio de Lucas para expresar la llegada de la salvación. La prisa de Zaqueo nos recuerda la prisa de María cuando va a visitar a Isabel (Lc 1,39), o la de los pastores que corren a ver al Mesías después del anuncio de los ángeles (Lc 2,16). La prisa de Zaqueo indica el fuerte y estimulante deseo de realizar la voluntad de Dios que resuena en las palabras de Jesús.

El gozo caracteriza a los personajes evangélicos que acogen la acción de Dios como Zacarías (1,14) o María, llamada a ser Madre del Mesías (1,28). El nacimiento de Jesús es motivo de gozo (Lc 2,10), los apóstoles exultan cuando vuelven de la misión (Lc 10,17), la gente se alegra ante la obra liberadora de Jesús (Lc 13,17), la resurrección y la ascensión del Señor son motivo de gozo (Lc 24,41.52). El gozo de este jefe de publicanos expresa, por tanto, su capacidad para acoger a Jesús y la novedad que experimenta a través de aquel encuentro que le cambiará la vida radicalmente.

            La gente murmura cuando Jesús se hospeda en casa de Zaqueo, pues lo consideran un pecador (vv. 6-7). Según la mentalidad judía de la época, entrar en la casa de un pecador o comer con él significaba inevitablemente entrar en comunión y, por tanto, participar de su “impureza”, es decir, de su radical incapacidad para acercarse a Dios.

        Zaqueo, sin embargo, en forma espontánea y llamando a Jesús “Señor”, título usado por la comunidad cristiana primitiva para nombrar a Jesús, ofrece la mitad de sus bienes a los pobres y promete restituir cuatro veces más a quien haya engañado (v. 8). En el cambio de Zaqueo se demuestra que la conversión auténtica exige una reordenación muy concreta de la vida, que se manifiesta en su caso sobre todo en la solidaridad efectiva con los pobres y con las víctimas de la injusticia.

 

Ciertamente siempre la conversión cristiana supone una reordenación de la vida en relación con Dios y, al mismo tiempo, es una experiencia vital con fuertes repercusiones sociales y comunitarias, según las palabras de Jesús: “Vendan sus posesiones y den limosna” (Lc 12,33); “Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13); “Vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres... luego ven y sígueme” (Lc 18,22).

            El caso de Zaqueo es ejemplar. Aunque Jesús había dicho que “era muy difícil para los ricos entrar en el Reino de Dios” (Lc 18,24), con la conversión de este publicano se demuestra que “lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios” (Lc 18,27). Lucas nos ofrece así el punto culminante de su teología de la conversión: un publicano, perteneciente al mundo de los excluidos por ladrón e impuro, encontrando a Jesús decide cambiar de vida de forma radical, compartiendo sus riquezas con los pobres. Zaqueo realiza el año de gracia que Jesús ha proclamado en favor de los pobres (Lc 4,16-30), ha seguido la recomendación de Jesús que invitaba a renunciar a los bienes (Lc 14,33), vender lo que se poseía y darlo en limosna a los necesitados (Lc 12,33-34; 16,1-13). Para el evangelista Lucas, además, la declaración de Zaqueo evoca el ideal de la comunidad cristiana primitiva que fundamenta su vida en común precisamente en el compartir las propios bienes (Hc 2,42-47; 4,32-5,11).

            La respuesta final de Jesús es el vértice del relato. La salvación anunciada por él, ha entrado en la casa de Zaqueo (v. 9). En el evangelio de Lucas, Jesús es presentado desde el inicio como el Salvador (Lc 2,11). La salvación para Zaqueo deriva de la capacidad para acoger a Jesús y adherirse a su palabra que invita a compartir los propios bienes con los pobres.

            Zaqueo es llamado por Jesús “hijo de Abraham”, no sólo porque pertenece desde un punto de vista étnico al pueblo elegido por Dios que ve en este patriarca el iniciador de la experiencia de la salvación (Lc 13,16), sino porque esta filiación se confirma ahora con la adhesión a Jesús que lleva a plenitud las expectativas y la esperanza de Abraham. En la parábola del rico y Lázaro (cf. Lc 16,22-23), Abraham aparece como defensor y garante de los pobres, los mismos que ahora se benefician de la decisión de Zaqueo a quienes les da la mitad de sus bienes. Zaqueo es un verdadero hijo de Abraham según la exhortación de Juan Bautista que invita a los judíos a no considerarse seguros de la salvación porque son descendientes del patriarca, sino a “dar frutos de conversión” (Lc 3,8).

            En Jesús se encarna la misericordia de Dios que como un pastor busca a los hombres para llevarlos a la vida (cf. Ez 34,4.15-16). Él es el Hijo del hombre cuya misión se expresa en modo eminente a través del perdón de los pecados (v. 10; cf. Lc 5,24), es decir, en la búsqueda de “lo que estaba perdido” (v. 10). Esta última frase nos recuerda las parábolas del capítulo 15 de Lucas: la oveja “perdida”, la dracma “perdida” y el hijo “perdido”.

Es de una gran riqueza en la narración el uso que hace Lucas del verbo “buscar” (griego zetein). Al inicio del relato, en el v. 3, se dice que: “Zaqueo buscaba (ezētei ) ver quién era Jesús”; al final se afirma, en el v. 10, que “el Hijo del hombre ha venido a buscar (zetēsai) y a salvar lo que estaba perdido”. De esta forma el evangelista expresa el misterio y la paradoja de aquel encuentro: Jesús venía a buscar y a salvar a Zaqueo, incluso antes de que éste buscase verlo y conocerlo.