DOMINGO XXXII

(Tiempo ordinario – Ciclo C)

 

2 Macabeos 7,1-2.9-14

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo son una gran meditación sobre la esperanza cristiana. Atravesado el umbral de la muerte, en efecto, para el creyente se abre el infinito horizonte de la comunión plena con Dios. Por eso podemos confesar con el salmista su confianza en el Dios de la vida: “No abandonarás mi vida el sheol, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha” (Sal 16/15, 10-11).

 

            La primera lectura (2 Mac 7,1-2.9-14) relata un episodio heroico acaecido durante la revolución macabea en Israel en el s. II antes de Cristo. Durante el dominio de Antíoco Epifanes IV,  partidario de un helenismo a ultranza y perteneciente a la dinastía de los seléucidas, que dominaban Mesopotamia, Siria y Palestina después de la muerte de Alejandro Magno, la persecución había llegado a tal extremo que son torturados y asesinados una mujer y sus siete hijos por fidelidad a la ley y a las tradiciones religiosas de Israel. El texto celebra el heroísmo de siete hermanos mártires, centrando teológicamente el discurso en la profesión de fe de estos jóvenes que mueren mártires a causa de su fe: “El Rey del universo nos resucitará a una vida eterna a los que morimos por su ley” (v. 9); “de Dios he recibido estos miembros; por sus leyes los sacrifico, y de él espero recobrarlos” (v. 11); “los que mueren a manos de los hombres tienen la dicha de esperar en la resurrección” (v. 14).

            Sabemos que el pueblo del Antiguo Testamento tuvo que recorrer un largo camino en el que lenta y progresivamente, entre luces y dudas, fue intuyendo la existencia de una vida más allá de la muerte, hasta llegar a la luminosa profesión de fe que hoy escuchamos en el segundo libro de los Macabeos. El creyente veterotestamentario estaba convencido firmemente de que el vínculo de amor que se instaura ya durante la existencia terrena entre el justo y Dios, no se rompe ni acaba en el vacío, sino que alcanza después de la muerte su plena realización. La comunión de gracia de la existencia histórica se transforma en comunión escatológica.

 

            La segunda lectura (2 Tes 2,16-3,5) amplía el horizonte escatológico del antiguo Israel cuando habla del “consuelo eterno” y la “esperanza espléndida” que los creyentes reciben gratuita y amorosamente de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo (2,16). Pablo, sin embargo, hace notar que esta esperanza no es alienante, sino que se convierte en la fuerza más estimulante para que los creyentes asuman su responsabilidad histórica. Experimentando en lo más profundo de su ser el consuelo de Dios en medio de las luchas de cada día, el cristiano vive orientado radicalmente hacia el bien (2,17), anuncia la palabra de Dios con valentía (3,1), supera el temor a las fuerzas hostiles al evangelio incluso en los momentos de más dura persecución (3,2) y se mantiene fiel en el seguimiento de Cristo esperando con firmeza su manifestación gloriosa (3,5).

 

            El evangelio (Lc 20,27-38) narra una disputa de Jesús con un grupo de saduceos, “que niegan la resurrección” (v. 27). A este grupo pertenecían las grandes familias sacerdotales y la aristocracia laica. Se distinguían por ser fuertemente tradicionalistas. Además de no aceptar la resurrección de los muertos, negaban la existencia de los ángeles (Hch 23,8) y sólo aceptaban la ley escrita (el Pentateuco) y no el código legal oral que seguían los fariseos. En síntesis, se distinguían por no aceptar los desarrollos últimos de la tradición y del patrimonio de la fe de Israel.

            Para poner en ridículo la creencia en la resurrección de los muertos proponen a Jesús un caso extremo en donde se aplica la ley del levirato, atribuida a Moisés, según la cual la muerte de un hombre que no había dejado descendencia, comprometía a su hermano a casarse con la viuda con el fin de garantizar una descendencia al difunto (vv. 28-32, cf. Gn 38,8; Dt 25,5; Rut 3,9-4.10).

            La respuesta de Jesús, articulada en dos momentos, se fundamenta en el principio del poder y de la fidelidad de Dios.

            En su primera respuesta, construida a partir de la contraposición de signo judeo-apocalíptico entre dos eones (épocas), Jesús declara que en la resurrección (vida futura) hay una lógica de vida diversa de la existencia histórica (vida presente): “Cuando los muertos resuciten, no se casarán” (v. 25). Dice Jesús: “serán como ángeles” (v. 36). Es decir, siendo inmortales no tendrán ya necesidad de procrear. La institución matrimonial no tendrá ya razón de existir en una condición en la cual el hombre y la mujer participan plenamente de la misma vida de Dios.

            Jesús indirectamente se opone a una idea de resurrección concebida según los patrones de la vida mortal, tal como era vista en algunos ambientes populares y fariseos. Para Jesús la resurrección no es la simple continuación de la vida presente, sino una etapa de plenitud que transforma a la persona humana radicalmente gracias a la comunión escatológica con la vida y el amor de Dios y que difícilmente lograremos entender desde nuestra lógica terrena y nuestras realidades cotidianas.

            En su segunda respuesta, Jesús con sobriedad, sin utilizar los razonamientos llenos de fantasía de los ambientes apocalípticos, utiliza explícita y únicamente la Escritura para describir la identidad de Dios (Ex 3,6.15.16).

  Jesús cita el Éxodo, un libro del Pentateuco, la única parte de la Escritura aceptada por los saduceos. Hace alusión al encuentro de Moisés con Yahvéh en la zarza, para evocar la fidelidad de Dios a las promesas de la Alianza, unas promesas que no pueden quedar incumplidas a causa de la muerte: “Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo da a entender en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por medio de él” (vv. 37-38). Si los padres de Israel hubieran terminado en la muerte, Dios sería un Dios de muertos, mostrándose al mismo tiempo infiel a las promesas de la Alianza.

El razonamiento de Jesús podría parecer extraño a primera vista. El problema que le plantean es la resurrección de los muertos y él habla de Dios, pero en realidad la fe en la resurrección depende de la imagen que se tiene de Dios. No es sólo un problema antropológico que se resuelve respondiendo filosóficamente a las preguntas de quién es el hombre y cuál es su destino. Es ante todo un problema teológico. Por eso es sumamente importante el comentario que hace Jesús al texto del Éxodo cuando añade al final: “todos viven por medio de él” (v. 38). Para él, la resurrección de los muertos se fundamenta en el poder de un Dios que es vida y amor, quien en virtud de la comunión de vida que ha querido establecer con los hombres, no los abandona a la muerte sino que los conduce a una vida sin fin.

La esperanza de la vida futura, por una parte, nos ayuda a relativizar el presente, ayudándonos a asumir nuestra condición de peregrinos en el mundo, en constante éxodo, libres de todo lo que pueda distraernos en nuestro camino hacia la patria eterna; por otra parte, esta esperanza da consistencia al presente, lo hace fecundo e importante, pues vivimos con la conciencia de que hemos sido arrancados del poder de la muerte y seremos recuperados totalmente para Dios y en Dios. La esperanza en la vida futura nos libera de todo aquello que se presenta ante nuestros ojos con pretensiones de absoluto. Al mismo tiempo, en lugar de alienarnos, nutre y estimula nuestro compromiso con el presente, sanando los límites y las heridas propias de la condición histórica. Gracias a la esperanza en la vida futura, el cristiano es testigo de vida, de gozo y de confianza.