DOMINGO XXXIII

(Tiempo ordinario)

 

 

 

 

Malaquías 3,19-20

2 Tesalonicenses 3,7-12

Lucas 21,5-19

 

El mensaje bíblico de este domingo contiene una fuerte tensión escatológica. En el centro de las lecturas sobresale la figura de Dios, Señor y Juez de la historia, en cuyas manos está el destino último del hombre y del cosmos. La perspectiva del fin del mundo no debe suscitar inquietudes y temores apocalípticos. Para el cristiano, el final no es destrucción, sino plenitud. La perspectiva del fin del mundo y de la historia más bien estimula al discípulo de Jesús a un compromiso serio, humilde y paciente en el presente, a través de la vivencia y el anuncio de los grandes valores del Reino de Dios.

 

            La primera lectura (Mal 3,19-20) está tomada del último libro profético del Antiguo Testamento, escrito probablemente hacia el siglo V a. C, durante la gran reforma político-religiosa de Esdras y Nehemías, después del exilio. Malaquías habla de la llegada del “día del Señor”, (v. 19), utilizando una categoría teológica que en la Biblia hace referencia al juicio de Dios sobre la historia humana. El “día del Señor” es el evento decisivo y determinante de toda la historia de la humanidad, en el cual Dios juzgará todo el “hacer” del hombre a través de los siglos e instaurará definitivamente su reino de justicia y de paz en un mundo renovado.

            Malaquías imagina este día como fuego que arde implacable, purificando y transformando, “ardiente como un horno” (v. 19). Sirviéndose del símbolo profético y apocalíptico del fuego, el profeta hace referencia a la gran transformación final del mundo y a la sentencia inapelable de Dios sobre la historia. Malaquías quiere despertar las conciencias indiferentes y llamar a una conversión radical delante de las exigencias éticas del Dios de la alianza. En aquel día terrible, “los arrogantes y malvados no serán más que paja” (v. 19). Solamente podrán sobrevivir los que han sido fieles a Dios. Para ellos, “se levantará un sol victorioso que trae la salvación entre sus rayos” (v. 20). En aquel juicio final sobre los hombres, se manifestará un “fuego” que consume a los malvados como paja y un “sol” que protegerá y asegurará la vida a los justos.

 

            La segunda lectura (2 Tes 3,7-12) es un testimonio del modo con el cual Pablo se oponía a las esperanzas mesiánicas impacientes y a las hipótesis escatológicas espiritualistas que existieron en la iglesia primitiva. El texto es un fuerte llamado al trabajo cotidiano y al compromiso diario, sin evasiones alienantes de corte apocalíptico. Pablo se opone duramente a los que utilizan la segunda venida del Señor para “vivier ociosamente y metiéndose en todo” (v. 11). Recurre a su propio ejemplo de apóstol que libremente ha aceptado la dimensión del trabajo manual en su vida (vv. 8-9). Creyendo firmemente en el regreso de Cristo, Pablo no descuidó sus ocupaciones cotidianas, sino que “trabajó con esfuerzo y fatiga día y noche para no ser una carga a ninguno” (v. 8). De ahí que recomiende que “el que no quiera trabajar, que no coma” (v. 10). La despreocupación por el propio quehacer diario, la constante exaltación espiritualista y las preocupaciones obsesivas de tipo apocalíptico, representan una contradicción con la fe cristiana.

 

            El evangelio (Lc 21,5-19)  forma parte del largo discurso escatológico de Jesús en el evangelio de Lucas (Lc 21,5-38). Mientras se encuentra en las cercanías del Templo (Lc 21,1) y oye hablar del esplendor de su construcción y de las ofrendas que en él se depositaban, Jesús declara a sus discípulos el final de aquel edificio tan amado para los hebreos: “Vendrá un día en que de estas cosas que veis, no quedará piedra sobre piedra. ¡Todo será destruido!” (Lc 21,6). El final del Templo, no es sólo un signo profético del abandono de Dios como consecuencia de la ruptura de la alianza (Ez 10,18), sino que representa un evento histórico decisivo que marca el final de un mundo cultural y religioso. El final del Templo y de la Jerusalén histórica es símbolo del final de toda la historia.

            Ante la declaración de Jesús, los discípulos lo interrogan: “Maestro, ¿cuándo será todo eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder” (v. 7). Están preocupados por el “cuándo” y el “cómo” (los signos). Jesús, sin embargo, no cede ante esa banal curiosidad y no hace ningún tipo de previsión apocalíptica, sino que orienta hacia la actitud existencial de compromiso y de esperanza con la cual hay que vivir en el presente.

            Lucas prefiere poner el acento del discurso de Jesús en el peligro de los falsos mesías que podrían instrumentalizar la fe para seducir a la comunidad creyente, conduciéndola a la idolatría y, por tanto, a la crisis (v. 8). Los dos falsos anuncios mesiánicos: “yo soy” y “el tiempo está cerca”, indican que estos supuestos mesías se auto-proclamarán iniciadores del tiempo final, pero en realidad ellos no pertenecen al orden de los eventos que preanuncian la conclusión de la historia, ni son “signo” de que el final está cerca. A continuación Jesús invita a no dejarse turbar por los conflictos bélicos y sociales (v. 9). Estos eventos que están bajo el control de Dios, no son todavía los signos que indican que la historia está llegando a su fin.

Jesús retoma el discurso anunciando conflictos étnicos y nacionales, calamidades naturales y hechos aterrorizante en el cielo. Se trata de un lenguaje totalmente metafórico que no hace referencia a acontecimientos concretos. “Los terremotos, el hambre y las cosas espantosas y las grandes señales en el cielo” (v. 11), son imágenes apocalípticas que intentan revelar una verdad más profunda. En la tradición apocalíptica, en efecto, los cataclismos histórico-cósmicos son símbolo de la intervención de Dios en la historia, sobre todo en relación con el juicio divino sobre la humanidad. Jesús no está haciendo ningún tipo de previsión del futuro o indicando señales concretas que anunciarían el fin del mundo. Simplemente utiliza un lenguaje conocido en su tiempo para estimular a sus oyentes a la conversión y a la seriedad delante de las exigencias de Dios, Señor y Juez de la historia.

Antes de que llegue la intervención final de Dios como juez, la comunidad cristiana sufrirá el conflicto y la persecución. Su actividad misionera y evangelizadora provocará una serie de violentas reacciones de parte de los dominadores de este mundo que se oponen al proyecto del Reino (v. 12).  Toda esta dolorosa situación es por causa de Jesús (v. 12: “por causa de mi nombre”). Por eso tal hostilidad, que aparentemente es negativa para la comunidad, es en realidad ocasión para dar “testimonio” (v. 13). La misma oposición del mundo se vuelve para los creyentes una oportunidad positiva para anunciar el nombre de Jesús.

La invitación a no preparar la defensa cuando el discípulo es llevado a los tribunales, no es un incentivo para la improvisación, sino un estímulo a confiar únicamente en la acción de Jesús, el Resucitado, que inspirará palabras de sabiduría a los suyos (v. 15). Jesús asegura la fuerza del Espíritu como sostén del testimonio cristiano (Lc 12,12).

El rechazo de los discípulos no vendrá sólo de fuera, de las autoridades y de los paganos, sino también de los parientes y amigos (v. 16). No sólo las relaciones sociales y políticas se ven amenazadas a causa de la adhesión de fe al nombre de Jesús, sino también aquellas más íntimas del ámbito familiar. Ninguna relación queda excluida del conflicto a causa de la adhesión a Jesús: “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (v. 17).

A pesar del odio del que serán objetos los discípulos, Jesús les asegura protección: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza” (v. 18). Su promesa es fuente de confianza y de consuelo para el discípulo perseguido. La frase final, de corte parenético, explicita mejor el significado de la salvación anunciada por Jesús: “Con vuestra perseverancia, os salvaréis” (v. 19). El don de la salvación se alcanza viviendo con perseverancia y fidelidad al evangelio.

Jesús nos asegura que la historia un día llegará a su fin, pero no hace elucubraciones fantasiosas sobre las coordenadas temporales precisas del evento. Nos invita sobre todo a leer los signos de los tiempos como estímulo constante para la conversión y la misión de dar testimonio de su nombre. La comunidad cristiana, antes de que llegue ese día terrible, el “día del Señor”, en el que toda la tierra comparecerá ante Dios, tiene una misión que cumplir en medio de hostilidades y conflictos. Jesús le asegura, sin embargo, sabiduría y protección.