Daniel 7,9-10.13-14

2 Pedro 1,16-19

Marcos 9,2-10

 

            La celebración litúrgica de hoy es una invitación a la contemplación de la figura de Cristo. Un Cristo ciertamente humano, ligado todavía a las coordenadas espacio-temporales, pero contemporáneamente Señor y dominador del tiempo y del espacio. El evento de la Transfiguración anticipa en la vida terrena de Jesús el misterio de la pascua y la esperanza hacia la cual ella nos orienta. La Transfiguración es revelación del destino y del misterio de Jesús “el Cristo”, pero es también revelación del destino y del misterio del cristiano: un horizonte de luz y de comunión eterna con Dios. Sin embargo, no hay que olvidar que Cristo glorioso y transfigurado pasa, a través de la oscuridad de la historia, de la cruz y de la muerte. Sólo su camino de ocultación, de servicio y de amor hasta el extremo, lleva a la luz y al gozo de una vida totalmente transfigurada. La declaración divina que se deja oír en la cima del monte es el mejor comentario del mensaje espiritual de la fiesta de hoy: “Este es mi Hijo predilecto, escuchadlo” (Mc 9,7).

           

            La primera lectura (Dan 7,9-10.13-14) está tomada del único libro explícitamente apocalíptico del Antiguo Testamento, el libro de Daniel, una colección de relatos (capítulos 1-6) y de visiones (capítulos 7-12), escrita en lenguas diversas (hebreo, griego, arameo) durante la época macabea (167-164 a.C). En el libro de Daniel, como en toda perspectiva apocalíptica, la historia se considera un ámbito de enfrentamiento entre el bien y el mal, dominado por la violencia y la impiedad, al mismo tiempo que se invita a los creyentes a poner la confianza en la victoria de Dios y en la llegada de un mundo diferente del actual. En efecto, la célebre visión mesiánica del capítulo 7, que presenta la corte celestial presidida por un “Anciano”, es decir, el Eterno, Dios, representa el mundo nuevo, y la misteriosa figura del “hijo del hombre”, que encarna a los fieles como modelo y cabeza, representa la nueva humanidad. Esta figura humana misteriosa representa a una comunidad, a “los santos del Altísimo, el pueblo de los santos del Altísimo” (Dan 7,22.27). La interpretación que da el autor del texto no es mesiánica, ni individual. Se trata de la comunidad de Israel, el pueblo escogido y consagrado (Ez 19,6). En el capítulo 7 de Daniel se opone a las cuatro fieras, que representan diversos imperios paganos (Dan 7,1-8). No es un imperio más en la serie, sino la instauración de un modo nuevo de convivencia humana. El texto afirma que finalmente un pueblo en la tierra podrá realizar el reinado de Dios. En efecto, aparece rodeado de nubes, el elemento típico de las manifestaciones divinas, recibe de Dios “el poder, la gloria y el reino”, y es adorado por todos los pueblos, naciones y lenguas (v. 14). La tradición judía posterior identificó este personaje colectivo (el “hijo del hombre”) con el Mesías davídico que debía reinar. En esta misma línea Jesús, llamándose “hijo del hombre”, evocará esta dignidad y desencadenará en su contra la acusación de blasfemia durante su proceso ante el sumo sacerdote (Mt 27,63-66).

 

            La segunda lectura (2 Pe 1,16-19) está tomada de un escrito tardío de la iglesia primitiva, atribuido al apóstol Pedro, probablemente escrito a finales del siglo I. El autor evoca el doble testimonio de los apóstoles y de los profetas sobre Jesucristo. Los primeros, los apóstoles, que representan la palabra del Nuevo Testamento, fueron testigos de la gloria  de Cristo en el monte de la transfiguración y escucharon la voz venida del cielo que lo confirmaba como el Hijo amado del Padre (vv. 16-18); los segundos, los profetas bíblicos, que representan la palabra del Antiguo Testamento, iluminan con su mensaje la noche de la historia hasta el día en que Cristo venga otra vez como “lucero matutino”, haciendo que resplandezca todo a la luz de su gloria (v. 19).

 

El evangelio (Mc 9,2-10) de la Transfiguración, construido a la luz de las teofanías del antiguo testamento, es una verdadera proclamación anticipada de la gloria de la pascua. Para captar el sentido del relato hay que colocarlo en el contexto del primer anuncio que hace Jesús a sus discípulos acerca de su pasión y muerte (Mc 8,31) y de su enseñanza sobre el camino de la renuncia dolorosa del Mesías y de sus discípulos (Mc 8,34-9,1). El episodio se sitúa exactamente “seis días después” (Mc 9,2) de aquel primer anuncio y de aquella primera instrucción de Jesús sobre el camino de la cruz. El hecho narrado contrasta con el contexto anterior. Jesús deja de hablar de dolor y de cruz; ahora se muestra lleno de luz y de gloria; ya no reprende a Pedro, que no había entendido el misterio del mesías sufriente (Mc 8,33), sino que junto a Santiago y Juan, lo lleva a lo alto del monte para hacerlo partícipe de su misterio de luz y de vida.

Todo acontece en “un alto monte” (v. 2), espacio simbólico de la trascendencia y del mundo divino. De la misma forma que Dios “se envuelve de luz como de un manto” (Sal 104,2), los vestidos de Jesús se transfiguran llenos de luz resplandeciente, dejando entrever la gloria divina presente en su persona. La presencia de Moisés, que simboliza la palabra de la Ley, y de Elías, que simboliza la palabra de la profecía, indica que con Jesús la historia de la salvación ha llegado a su culminación. En el monte, en efecto, resuena la palabra definitiva, la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” (v. 7). A los discípulos se les revela de esta forma el misterio de Jesús: él es el Hijo. Precisamente cuando lo siguen hacia la cruz, experimentan la gloria divina y escuchan la voz del Padre. Y así será siempre de ahora en adelante: la gloria de Dios y su palabra se revelarán allí donde los hombres siguen a Jesús en el camino de amor solidario y sufriente por los otros hacia la cruz.

Para los tres discípulos la experiencia fue única. Con razón Pedro exclama: “Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí! Hagamos tres tiendas...” (v. 5). Han contemplado por un momento la única belleza digna de amar por sí misma, la única que hay que desear y cultivar porque será eterna; han vivido en la historia un instante de eternidad, han probado el gozo de la comunión y del amor de Dios. Pero la historia debe continuar. No ha llegado a su fin. Es ilusoria la petición de Pedro. No se puede detener el tiempo, no se puede hacer permanente lo transitorio. Hay que bajar del monte. Los tres discípulos bajaron, pero transfigurados ellos también, con la certeza de que el camino del Maestro es el único que lleva a la vida. Al final, “de pronto, cuando miraron a su alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos” (v. 8). Jesús aparece solo, porque solamente él es el camino y el sentido de todo. La voz que han escuchado de parte de Dios les invita a escucharlo y a seguirlo hacia la cruz. Sólo así podrán entrar definitivamente en aquella gloria y en aquella hermosura que habían contemplado y gozado anticipadamente.

La experiencia vivida en el monte es una verdadera revelación de la gloria de Jesús. El Cristo glorioso de la pascua, el Hijo amado del Padre, es el mismo Jesús de Nazaret que se encamina hacia la muerte y anuncia su dolorosa pasión. La transfiguración no niega la cruz, sino que es la revelación de su significado salvador como camino que lleva a la vida. A través de esta experiencia Jesús fortalece la fe de sus discípulos y los introduce en la paradoja de la pascua: una vida que llega a través de la muerte y una gloria que no es evasión ni indiferencia frente al dolor de la historia, sino meta y punto culminante del amor crucificado y fiel. Al mismo tiempo la fiesta de hoy es un himno de esperanza. Los reinos del mundo (las bestias del libro de Daniel) no vencerán al reino de Dios. Cristo Jesús, “el Hijo del hombre”, encarna en sí mismo todo el camino de fe y de esperanza de su pueblo y realiza todas sus expectativas de salvación para el presente y para el futuro. La Transfiguración revela que Cristo es el vencedor y que la victoria sobre el mal y sobre la muerte ha echado ya raíces en la historia de la humanidad. Toca a nosotros vivir y testimoniar la gracia de esta teofanía. Por eso el cristiano, en una época donde domina la búsqueda de transfiguraciones efímeras y engañosas, se esfuerza por vivir como hombre nuevo, transfigurado radicalmente por la gracia de Cristo y del evangelio, y se compromete en la edificación del mundo nuevo del reino de Dios.