Ciclo A

 

 

 

 

Ex 34,4b-6.8-9

2 Cor 13,11-13

Jn 3,16-18

Hoy celebramos el misterio de Dios que se nos ha revelado en la historia de la salvación como Trinidad Santísima: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Nuevo Testamento, más que una doctrina elaborada sobre la Trinidad, nos muestra con claridad una estructura trinitaria de la salvación. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, que por amor se entrega a la muerte; y la actualización perenne es obra del don del Espíritu, que después de la resurrección, por Jesús de parte del Padre habita en el creyente como principio de vida nueva, configurándolo con Jesús en su cuerpo que es la Iglesia

 

La primera lectura (Ex 34,4b-6.8-9) narra un momento importante de la historia de la salvación: la renovación de la Alianza en el monte Sinaí. En el relato se nos revela el misterio más íntimo del ser de Dios a través de dos temáticas significativas: las nuevas tablas y la revelación del nombre divino a Moisés.

 

Las nuevas tablas.-  Cuando se dice que Moisés subió al monte con las dos tablas de piedra en la mano (Ex 34,4) hay que tener en cuenta que esas tablas son ya las “segundas”. Las primeras las había roto al descubrir la idolatría de Israel que danzaba y adoraba un becerro de oro. El capítulo 32 del Éxodo relata que cuando Moisés bajó del monte, con las primeras tablas de la ley que había recibido de parte de Dios, “vio el becerro y las danzas; su ira se desató, arrojó las tablas y las rompió al pie de la montaña” (Ex 32,19). Israel había pecado gravemente contra Dios y las tablas rotas representaban el final de una alianza que había durado muy poco. Sin embargo Moisés intercedió por el pueblo y el Señor perdonó el pecado cometido (Ex 33,12-17).

Un signo elocuente del perdón divino fue la orden que Dios dio a Moisés: “Labra dos tablas de piedra como las primeras; sobre esas dos tablas voy a escribir los preceptos que había en las tablas anteriores, que tú destruiste” (Ex 34,1). Moisés, por tanto, vuelve a subir al monte con unas nuevas tablas: “Talló Moisés dos tablas de piedra como las primeras, se levantó muy temprano, y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra” (Ex 34,4). Las dos tablas nuevas, “como las primeras”, representan un nuevo inicio y son la expresión de la voluntad salvadora del Dios “lento a la ira y rico en clemencia”, que a través del perdón revela su grandeza y su santidad. Si Dios había mostrado su misericordia liberando a Israel de la esclavitud de Egipto; ahora la da a conocer con mayor esplendor, cuando perdona el pecado del pueblo y se revela dispuesto a rehacer la alianza y a seguir caminando con Israel.

 

La revelación del Nombre de Dios a Moisés.-  Dios se presenta a Moisés a través del signo oscuro y misterioso de una nube, que evoca la presencia de un Dios que es al mismo tiempo distante y próximo, escondido y manifiesto. La nube indica la trascendencia y la cercanía del Señor. La revelación divina comunica y oculta al mismo tiempo. Dios se presenta en la nube: “El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí” (Ex 34,5a). Entonces “Moisés invocó el nombre del Señor y el Señor pasó ante él proclamando: El Señor, el Señor, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,5b-6). Dios hace que Moisés escuche en el monte “el nombre divino”, es decir, le revela el sentido más profundo de su ser: su misericordia y su fidelidad.

En otras palabras, el nombre de Dios es perdón y lealtad. El amor misericordioso es la gloria de Dios, es su “rostro escondido”, el rostro divino que Moisés no había podido ver directamente (Ex 33,19). Al escuchar estas palabras, Moisés reconoció aquella gloria oculta y “se postró y adoró al Señor” (Ex 34,8), invocando su presencia y su guía en favor de Israel.

Moisés, como representante de todo el pueblo, nos hace descubrir en su oración la consecuencia práctica que tiene esta revelación divina para la existencia de Israel. El perdón de Dios hace posible una nueva creación que transforma al hombre pecador en “herencia” del Señor (Ex 34,9), a través del vínculo de la Alianza: “Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya” (Ex 34,9). La revelación divina en el monte descubre el misterio de Dios y del hombre, la infinita grandeza del Señor y la pequeñez humana, el amor perfecto de Dios y el amor limitado e imperfecto del hombre. En esta manifestación del abismal misterio del amor divino aparece el esplendor del hombre “poco menos que Dios”, como dice atrevidamente el Salmo 8,6.

 

La segunda lectura (2 Cor 13,11-13), que corresponde al saludo conclusivo de la segunda carta de Pablo a los corintios, nos introduce más explícitamente en el misterio insondable del Dios vivo, que hoy celebramos como Trinidad Santísima: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”. La fórmula es única en todo el Nuevo Testamento y su utilización en la liturgia contribuyó, sin duda, a la formulación de la doctrina trinitaria. En el texto Jesucristo es presentado como gracia” (járis), pues en él se ha revelado la benevolencia gratuita y salvadora del Padre; Dios representa al Padre y es puesto en relación con el amor, ya que es su fuente originaria y Él mismo es amor (1Jn 4,8), que tanto ha amado al mundo que ha dado a su propio Hijo (Jn 3,16) (agapé); y el Espíritu Santo es puesto en relación con la comunión (koinonía), ya que Él crea la unidad de la comunidad en la diversidad (1Cor 14,5) e interioriza en el hombre el amor del Padre y del Hijo.

 

El evangelio (Jn 3,16-18) nos coloca ante una nueva revelación del misterio de Dios, esta vez en el marco de la nueva Alianza. Dios se da a conocer plenamente por medio de un evento histórico preciso: la misión salvadora del Hijo único. En esta revelación divina, como en aquella del Sinaí a Moisés, el misterio de Dios no se presenta a través de un discurso teológico teórico, frío y separado de la vida, sino como el inicio de un diálogo vital entre Dios y el hombre. La iniciativa es del Padre, fuente originaria y permanente del amor, que “da” a su Hijo único para comunicar la vida a los hombres: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

La confesión del Dios Trino en el Nuevo Testamento se fundamenta en la revelación de Jesucristo, el Hijo de Dios, y en la acción del Espíritu Santo, por medio del cual somos acogidos en la comunión amorosa que existe entre el Padre y el Hijo. El Dios del Nuevo Testamento se revela, por tanto, como un dinamismo de amor y de comunión, abierto y expansivo. Por eso la autorevelación escatológica definitiva de Dios en la Biblia se puede resumir en la frase: “Dios es amor” (1 Jn 4,8.16).

El Hijo es el don que debe ser acogido plenamente. “A cuantos lo recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12). Delante de la iniciativa divina los hombres se dividen: la acogida es “vida”, el rechazo lleva a la “muerte”. Sin embargo, “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él” (Jn 3,17). Dios no quiere el juicio y la muerte del mundo, pero la decisión negativa del hombre delante del proyecto del Padre, manifestado en el Hijo como amor y vida en plenitud, es en realidad una autocondenación del hombre que se cierra a la vida y a la salvación (Jn 3,18). 

 

 

La solemnidad de la Santísima Trinidad es una provocación a nuestra fe, para que redescubramos cada día con estupor y gratitud el “nombre” del Dios santo: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aquel misterioso nombre que se le reveló oscuramente a Moisés en el monte y que en la plenitud de los tiempos se ha manifestado en Jesucristo: “Dios es amor” (1 Jn 4,8).

 La Trinidad es amor. Su mismo ser y su actividad más específica es el amor. Amor gratuito y sin límites, amor en expansión que recrea y perdona a los hombres y les comunica la misma vida divina. “Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados” (1 Jn 4,9-10).

Dios es amor y la única respuesta válida de parte nuestra es el amor. Sólo en el amor, en la donación sin límites y en el perdón generoso se manifiesta nuestro conocimiento de Dios. El lenguaje sobre Dios se vuelve inteligible solamente cuando nos conduce a la comunión y a la participación. Nuestra fe en la Trinidad encuentra su expresión más perfecta solamente en el amor: “Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn 4,7).

 Creer en la Trinidad es vivir y concebir el mundo a su imagen. A la luz del misterio del Dios trinitario, ser persona a imagen y semejanza de las Personas divinas significa vivir como hijo en relación con el propio origen en el misterio del amor abismal del Padre; como hermano en relación con los demás, donándonos y acogiendo sin límites en el Hijo y a imagen suya; y en relación con el mundo, viviendo con la libertad, el gozo y la fuerza que comunica el Espíritu.

 

"¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro!"

(Sor Isabel de la Trinidad)